Prólogo
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Sueños me acunan al alba, de los cuales, no quiero despertar. Realidades nocturnas que no desearía recordar se entremezclan. La línea es muy fina.
Una vida que se resume en una continua contradicción. Caprichosos dioses, o caprichosas casualidades que no me dan una estabilidad tangible. Es un buen resumen de mi misma, si.
Despierto, desnuda, como siempre en la última semana. La cama huele aún a sudor, a sexo tras una noche de ejercicio intenso. Al menos, me lo he pasado bien un rato, no tanto como otras veces, eso sí. No se puede pedir peras al olmo. Sonrío, el objetivo está conseguido de todas maneras.
Recojo rápido mis pocos enseres. Viajo siempre ligera, con pocas pertenencias, todas sencillas pero a la vez de una importancia vital para míl. Sin ellas me sentiría más perdida de lo que ya estoy, de lo que ya crecí, de lo que ya nací.
-Mierda-susurró mientras busco nerviosa mi colgante.-Mierda, mierda mierda… ¿dónde estás?
Rebusco entre la basura de la comida precocinada usada en anteriores vísperas, de la manera más sigilosa posible. Si quiero salir de ahí, el cuerpo del hombre drogado que yace en esa cama que no es mía, pero de la que me he estado apropiando temporalmente, tiene que permanecer en el estado de aletargamiento en el que le dejé. Viva la química, pienso.
-¡Aquí estás!
¿Cómo puedo ser tan despistada? Un ente que siempre anda huyendo, y que pierde las cosas cada dos por tres. ¿Dónde se ha visto cosa semejante?- Lo dicho, contradicción de un ser en sí mismo. Los maestros filósofos de la Edad Clásica se habrían estado mofando de mí hasta la saciedad, o hasta que hubiera aguantado mi poca paciencia al oírlos.
Observo tres segundos el pequeño medallón, que reluce con el rayo de sol que entra por la ventana que da a la Quinta avenida. New York, ciudad cosmopolita, de oportunidades y deseos, libertades y libertinajes. Mi, espero, última cárcel urbanita.
Cierro el petate, deprisa, recogiendo del cajón de la preciosa y lacada mesita de noche, a la derecha de la cama, el dinero escondido y las documentaciones necesarias. Siempre escondido en un doble fondo de cajón, con trampa incluida por supuesto.
Una fuera del entendimiento de un simple humano, lo suficientemente fácil como para que yo pueda desarticularla en un segundo, y lo suficientemente complicada para que posibles manos curiosas misteriosamente, fueran cortadas en el intento de desarticularla.
Con el abrigo puesto, enfundándome guantes y bufanda miro a ese hombre. Quizás el único en años, en décadas por el que me ha surgido una mínima chispa de mi perdida humanidad. El adjetivo más acertado a ella sería asco.
Imbécil, pienso mientras una sonrisa ladeada se escapa de mis labios.
Es fácil manejar a los hombres normalmente, pero ese es especialmente maleable, con su aire arrogante, su cartera bien llena, su cara de niño bueno, y su mente perversa y ambiciosa. Con suerte, y con lo que en breve echaré al buzón del New York Times, no hará el daño que en su destino parecía estar escrito. Idiota.
Cierro la puerta trás de mi por última vez de ese apartamento de lujo. Con mi pequeño macuto a la espalda, austera en mi vestir. Una mujer normal, ataviada de forma normal que anda de manera normal y que sale de hacer las labores de los snobs que viven en ese edificio. Algo normal, vamos.
Mis galas, mis tacones de aguja y mis joyas, ayer relucientes, se pudrirán en ese apartamento. Con suerte, al intentar limpiar en unas semanas, en busca de algún nuevo inquilino, alguna pobre moza las recogerá y se dará un capricho. No hay mal que por bien no venga.
-Bien, centrémonos- me digo- Hay que salir de aquí.
Me encamino escaleras abajo, a la salida trasera, la de servicio. Una tarjeta robada, una foto mía y un nombre falso me abren la puerta al callejón
Hay cosas que en este mundo no cambian, entre ellas que los sirvientes se han de esconder y los ricos pavonearse, aún cuando en un alto porcentaje valen más los primeros que los segundos.
El día que la riqueza se mida por un baremo de moral y ética, que tiemblen las bases sociales impuestas.
Divagaciones aparte, tengo los billetes, el taxi que acabo de coger, y 5 horas hasta que salga mi vuelo. Tiempo de sobra, para que cuando se den cuenta de mi desaparición, la primera portada de mañana esté preparada, redactada y en la imprenta. El apestoso y corrupto senador, despierte de su sueño forzado, con su sonrisa reluciente, prepotente y engañosa que se borrará en aproximadamente 24 horas.
Y para que yo, de vuelta a lo más parecido a un hogar que poseo, me este tomando mi vodka con lima, poco cargado y muy frio, en primera clase.
Todo perfectamente calculado. Como siempre
La eficacia es mi segundo apellido. Si solo no fuese tan despistada a veces…
Una carcajada alegre rompe el silencio en el automóvil. La mía.
Una vida que se resume en una continua contradicción. Caprichosos dioses, o caprichosas casualidades que no me dan una estabilidad tangible. Es un buen resumen de mi misma, si.
Despierto, desnuda, como siempre en la última semana. La cama huele aún a sudor, a sexo tras una noche de ejercicio intenso. Al menos, me lo he pasado bien un rato, no tanto como otras veces, eso sí. No se puede pedir peras al olmo. Sonrío, el objetivo está conseguido de todas maneras.
Recojo rápido mis pocos enseres. Viajo siempre ligera, con pocas pertenencias, todas sencillas pero a la vez de una importancia vital para míl. Sin ellas me sentiría más perdida de lo que ya estoy, de lo que ya crecí, de lo que ya nací.
-Mierda-susurró mientras busco nerviosa mi colgante.-Mierda, mierda mierda… ¿dónde estás?
Rebusco entre la basura de la comida precocinada usada en anteriores vísperas, de la manera más sigilosa posible. Si quiero salir de ahí, el cuerpo del hombre drogado que yace en esa cama que no es mía, pero de la que me he estado apropiando temporalmente, tiene que permanecer en el estado de aletargamiento en el que le dejé. Viva la química, pienso.
-¡Aquí estás!
¿Cómo puedo ser tan despistada? Un ente que siempre anda huyendo, y que pierde las cosas cada dos por tres. ¿Dónde se ha visto cosa semejante?- Lo dicho, contradicción de un ser en sí mismo. Los maestros filósofos de la Edad Clásica se habrían estado mofando de mí hasta la saciedad, o hasta que hubiera aguantado mi poca paciencia al oírlos.
Observo tres segundos el pequeño medallón, que reluce con el rayo de sol que entra por la ventana que da a la Quinta avenida. New York, ciudad cosmopolita, de oportunidades y deseos, libertades y libertinajes. Mi, espero, última cárcel urbanita.
Cierro el petate, deprisa, recogiendo del cajón de la preciosa y lacada mesita de noche, a la derecha de la cama, el dinero escondido y las documentaciones necesarias. Siempre escondido en un doble fondo de cajón, con trampa incluida por supuesto.
Una fuera del entendimiento de un simple humano, lo suficientemente fácil como para que yo pueda desarticularla en un segundo, y lo suficientemente complicada para que posibles manos curiosas misteriosamente, fueran cortadas en el intento de desarticularla.
Con el abrigo puesto, enfundándome guantes y bufanda miro a ese hombre. Quizás el único en años, en décadas por el que me ha surgido una mínima chispa de mi perdida humanidad. El adjetivo más acertado a ella sería asco.
Imbécil, pienso mientras una sonrisa ladeada se escapa de mis labios.
Es fácil manejar a los hombres normalmente, pero ese es especialmente maleable, con su aire arrogante, su cartera bien llena, su cara de niño bueno, y su mente perversa y ambiciosa. Con suerte, y con lo que en breve echaré al buzón del New York Times, no hará el daño que en su destino parecía estar escrito. Idiota.
Cierro la puerta trás de mi por última vez de ese apartamento de lujo. Con mi pequeño macuto a la espalda, austera en mi vestir. Una mujer normal, ataviada de forma normal que anda de manera normal y que sale de hacer las labores de los snobs que viven en ese edificio. Algo normal, vamos.
Mis galas, mis tacones de aguja y mis joyas, ayer relucientes, se pudrirán en ese apartamento. Con suerte, al intentar limpiar en unas semanas, en busca de algún nuevo inquilino, alguna pobre moza las recogerá y se dará un capricho. No hay mal que por bien no venga.
-Bien, centrémonos- me digo- Hay que salir de aquí.
Me encamino escaleras abajo, a la salida trasera, la de servicio. Una tarjeta robada, una foto mía y un nombre falso me abren la puerta al callejón
Hay cosas que en este mundo no cambian, entre ellas que los sirvientes se han de esconder y los ricos pavonearse, aún cuando en un alto porcentaje valen más los primeros que los segundos.
El día que la riqueza se mida por un baremo de moral y ética, que tiemblen las bases sociales impuestas.
Divagaciones aparte, tengo los billetes, el taxi que acabo de coger, y 5 horas hasta que salga mi vuelo. Tiempo de sobra, para que cuando se den cuenta de mi desaparición, la primera portada de mañana esté preparada, redactada y en la imprenta. El apestoso y corrupto senador, despierte de su sueño forzado, con su sonrisa reluciente, prepotente y engañosa que se borrará en aproximadamente 24 horas.
Y para que yo, de vuelta a lo más parecido a un hogar que poseo, me este tomando mi vodka con lima, poco cargado y muy frio, en primera clase.
Todo perfectamente calculado. Como siempre
La eficacia es mi segundo apellido. Si solo no fuese tan despistada a veces…
Una carcajada alegre rompe el silencio en el automóvil. La mía.
Algún tiempo verbal y algún signo de puntuaciñon se me escapa pero a estas horas... poco puedo pedir xD

























