Utopía
Prólogo
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Espacio Exterior
Un enorme pato surcaba el espacio en busca de alimento. Media más de tres metros de alto y dos de ancho, y pesaba más de cinco toneladas.
Tenía unos grandes orificios nasales, que le permitían oler cosas a más cinco mil kilómetros de distancia, y unas grandes fauces.
Sus cinco ojos le permitían mirar en todas las direcciones a la vez. Su brazo izquierdo era tentacular y almacenaba veneno, permitiéndole paralizar a sus presas. El derecho era una zarpa desproporcionada con la que aplastarlos.
Su cuello era el hogar de cientos de cicatrices que irradiaban una luz verde y nuclear.
En la espalda, llevaba una enorme mochila, donde almacenaba gasolina para cinco cohetes que tenía por patas. Entonces vio a su presa. Redonda, gaseosa y roja. El pato mutante se acercó a ella y abrió las fauces.
Se tragó el planeta entero de un bocado.
Planeta Vehuiah
Un joven de cabello negro y ojos de color café reflexionaba apoyado en la pared de piedra de la celda en la que se hallaba.
Tenía las esposas tan apretadas que el simple hecho de mover un dedo era algo de lo más doloroso. Pero tendría que aguantarse. Ya casi era la hora de comer.
El reloj era el único efecto personal que le habían dejado. Pero no por compasión ni nada parecido, sino porque sabían que no tendría otra cosa mejor que hacer que mirarlo cada cinco segundos.
Lo rompería en cuánto hubiese acabado con aquello.
Escucho los pasos del guardia por el pasillo. Se puso en pie. La puerta de metal se abrió. El carcelero entro con una bandeja de comida y se abalanzó sobre él como pudo.
El guardia choco contra la puerta del empujón y la bandeja salio volando, rompiendo el plato y desperdiciando toda la comida.
-Lástima -pensó Remiel a la vez que se tiraba a por uno de los trozos rotos del plato.
El carcelero se lanzó sobre él, aplastándole el cuerpo contra el suelo. Por suerte, Remiel había logrado coger uno de los trozos. Pataleó, tratando de quitárselo de encima.
Le golpeó cerca de la entrepierna, tal vez en una cadera o una costilla, pero no importaba. El guardia se apartó y Remiel se puso en pie rápidamente, tanto como alguien al borde del pánico, solo que el no estaba asustado sino emocionado.
Alzar las manos esposadas era doloroso, pero lo hizo de todas formas. El guardia de lanzó sobre él. Remiel hizo lo propio, tratando de clavarle el pequeño trozo de plato roto en forma de triángulo justo en medio de la garganta.
El guardia se disponía a agarrarle de los hombros cuando ya tenía el trozo a escasos centímetros de la garganta. El carcelero le empujo hacia atrás y le rajo desde la zona sobre la barbilla hasta debajo de un ojo. Ambos cayeron al suelo, pero está vez Remiel estaba boca arriba.
Aprovecho un parpadeo del guardia para clavarle el plato en el otro ojo.
El centinela esgrimió un grito de dolor que se escucho por media prisión. Remiel aprovecho la situación, cerro las manos en dos puños y le golpeó como si estas fueran un mazo. El guardia todavía se movía, pero el dolor del ojo lo mantenía distraído...Por ahora. Pronto el dolor se volvería ira y se abalanzaría sobre él. Antes de que eso ocurriera, Remiel rebuscó en su cinturón. Él pataleaba, pero aún así pudo coger las llaves con relativa facilidad. Ahora el problema era abrir las esposas...Se guardo las llaves en un bolsillo de su gris pantalón descosido y salió de la celda, cerrándola tras de si.
La puerta solo podía abrirse desde fuera, así que dejo allí al guardia y se puso en marcha. Aquella era una prisión pequeña, de un pueblucho pobre. No habría mas de cuatro carceleros en total, y estos pasaban más tiempo bebiendo y durmiendo que vigilandole.
-Shhh. Tú. Eh, tú – susurró un hombre desde el interior de una celda.
Como Remiel, tenía el pelo negro, pero más corto. Algo admirable teniendo en cuenta que ni siquiera les dejaban ducharse. Aquello era una pocilga. A ese hombre le habían arrestado hace poco. Hoy mismo, tal vez.
-¿Qué? -preguntó Remiel. Aquel hombre podría serle útil.
-Sacame – dijo el prisionero.
Remiel se sorprendió. Se imaginaba lo que iba a pedirle, pero no que fuese a ser tan directo, tan sincero. Hecho un vistazo a la oficina que había al final del pasillo. El guardia dormía. Increíble. El otro guardia, el que había entrado en su celda, había estado gritando todo este tiempo como un cerdo en un matadero, y ese seguía ahí, roncando. Remiel considero la posibilidad de que estuviese fingiendo. No lo parecía, pero por si acaso...
-Te sacare. Con dos condiciones – anunció. -La primera, tendrás que decirme que delito cometiste. Con todo lujo de detalles, pero eso lo harás luego. La segunda te la diré cuando hayas cumplido la primera.
-Lo que sea, pero sácame de aquí.
Capítulo 1 - El Prisionero Enamorado
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Remiel se despertó entre sudores fríos aquella mañana. Siempre lo hacía desde que ella no estaba. Estaba enfermo. Pero ningún médico podía diagnosticar que le ocurría, pues su enfermedad no se hallaba en su cuerpo o en su mente. Se hallaba en su corazón.
Hacía tiempo que la existencia de los conocidos como alienigenas o extraterrestres habría sido probada, pero hacia tan solo quinientos años desde que estos llegaran al planeta Vehuiah.
Un planeta con un ecosistema variado, pero en pequeñas cantidades. Había zonas heladas, de campo, algunos incluso se atrevían a hablar de ciudades de fuego y magma, pero el campo era el que más porcentaje del planeta ocupaba. Incluso más que el océano.
Los alienigenas, “Aliens” para el vulgo, estaban discriminados, como lo habían estado ciertos sectores de la raza humana en tiempos más primarios. Eso es lo que diría un filosofo o un historiador.
Para Remiel la humanidad no había avanzado nada en toda su existencia. Como en toda discriminación, el odio de los humanos por los aliens nacía del miedo. Los aliens eran igual que los humanos en aspecto físico, salvo por dos detalles: Un curioso pelo azul brillante y unos ojos felinos.
No les temían y odiaban por el aspecto. Les odiaban por su poder. Tenían tecnología, sabían usarla, y no tenían planes de compartirla. ¿Cómo iban a hacerlo? Seria deshacerse de la única razón por la que la humanidad no les había atacado. Por el miedo.
Eso era lo que la gente de a pie pensaba. Pero Remiel lo había vivido. Había visto como los niños Alien eran ahora los nuevos gafotas. Como eran los primeros sospechosos de todos los crímenes. “¡Ha sido ese puto gato!”, solían decir.
Le repugnaba. Esos actos avivaban el odio dentro del corazón de Remiel. Algo con lo que hubiese podido lidiar...Si no fuera por lo que había ocurrido dos semanas atrás.
Remiel se había enamorado de Lelahel, una joven alien. Como todos los de su raza, tenía el pelo azul brillante, muy largo. Junto a sus ojos negros y felinos, recordaba a una pantera.
Remiel la encontraba hermosa. No es necesario ver para saber cuando una persona lo es. La belleza no se ve. Se siente, se palpa, se respira...Se toca, sin tocar nada en absoluto. Lo que daría por estar otra vez con ella.
Cuando sus respectivas familias se enteraron, se opusieron de inmediato. Aunque la ley no lo prohibía, los comentarios del resto de vecinos serian una humillación para sus familias. Remiel lo odiaba. Le frustraba que sus padres, su hermana, sus tíos...Pensaran de esa manera.
Ninguno le había apoyado. Y lo que es peor, le estaban manteniendo encerrado en esa habitación encerrado como en una cárcel, sin ninguna noticia del exterior. Decidió que si eso iba a ser un cautiverio, no iba a serlo solo para él.
Durante las dos semanas que le habían mantenido encerrado – lo sabia porque había contado las veces que el sol había salido desde entonces – no había pronunciado una sola palabra, ni comido ni bebido. No iba a darles el capricho de que se muriera de pena y pudieran lamentarse, hacerse las victimas frente a los demás. No. Si tenia que morir, lo haría de inanición, y entonces todos los habitantes de esa casa tendrían que darle una buena explicación a las autoridades...Cosa que por supuesto no tenían. Contraer matrimonio con una chica alien no era un delito, y mucho menos quererla, pero mantener a alguien encerrado hasta la muerte...Además, para bien o para mal, los policías seguían cumpliendo su trabajo. Puede que los aliens no les gustaran, pero dios sabia, y ellos por descontado que también lo sabían, que no querían perder su empleo.
Alguien llamo a la puerta. Remiel no respondió. Era la voz de su hermana de quince años, Amy. Esta entro al no recibir respuesta. Tenía una bandeja con comida sobre los brazos – con cereales, zumo y plátanos – pero Remiel siguió sin decir nada. Tenia una pinta estupenda, pero el orgullo llenaba ahora su estómago.
Amy dejo la bandeja sobre la mesilla de noche y se sentó en la cama. Remiel pensó, por un momento, que por fin le habían comprendido. Poco después se daría cuenta de lo iluso que estaba siendo.
-Me han pedido...-susurro Amy. Le estaba costando decirlo. -Lelahel ha muerto -dijo.
Remiel le lanzó la mirada más venenosa que alguien puede lanzarle a una hermana. Eso era mentira. Él había visto a la familia de Lelahel en persona. Por supuesto, no le habían aceptado, pero le rechazaron de forma educada y sin perder las formas. No eran pueblerinos con horcas, por mucho que así los pintaran los humanos.
-Eso no es cierto – fue lo primero que dijo Remiel en dos semanas.
-Sé que es duro, pero... - intento convencerle Amy.
Sus labios temblaban. Evitaba mirarle a los ojos. Tenía los pelos de punta, y no hacia frío. Estaba mintiendo. Remiel estaba harto.
-Acercame la jarra con el zumo, por favor – pidió.
-Ten – dijo Amy.
Remiel le estampo la jarra en la cabeza con todas sus fuerzas, sin pensárselo dos veces. Los cristales rotos se clavaron en su cabeza y varios hilos de sangre manaron de ella. Uno cayo sobre su frente y se deslizo hasta sus labios. Tenía la mirada perdida. Habría caído al suelo si Remiel no la hubiese sujetado un segundo después. No quería provocar más ruidos que los estrictamente necesarios.
Su familia ya se había acostumbrado a oírle tirar jarras, bandejas, a aporrear puertas y lanzar cajones. Una jarra no seria suficiente para llamar su atención, pero era mejor no correr riesgos estúpidos.
Todavía era temprano. Sus padres estarían durmiendo, y sus tíos hoy no estaban. Venían de vez en cuando y pasaban una temporada con ellos, normalmente un mes. Cogió un cuchillo de la cocina. Uno largo pero con una hoja fina. Le pareció fácil de manejar a simple vista, aunque no había tocado uno en toda su vida. No para matar, al menos.
Entro en la habitación de sus padres. A su padre le clavo el cuchillo directamente en el corazón. Su madre se despertó por el grito ahogado de este, pero ya era demasiado tarde. Remiel la asfixio con una almohada.
Remiel mató a su familia por amor. Dos días después las autoridades le detuvieron y le encerraron en una prisión de mala muerte. Estuvo en ella durante cinco largos años. Estudio los movimientos de los guardias, sus horarios, su rutina.
Trazó un plan.
Hacía tiempo que la existencia de los conocidos como alienigenas o extraterrestres habría sido probada, pero hacia tan solo quinientos años desde que estos llegaran al planeta Vehuiah.
Un planeta con un ecosistema variado, pero en pequeñas cantidades. Había zonas heladas, de campo, algunos incluso se atrevían a hablar de ciudades de fuego y magma, pero el campo era el que más porcentaje del planeta ocupaba. Incluso más que el océano.
Los alienigenas, “Aliens” para el vulgo, estaban discriminados, como lo habían estado ciertos sectores de la raza humana en tiempos más primarios. Eso es lo que diría un filosofo o un historiador.
Para Remiel la humanidad no había avanzado nada en toda su existencia. Como en toda discriminación, el odio de los humanos por los aliens nacía del miedo. Los aliens eran igual que los humanos en aspecto físico, salvo por dos detalles: Un curioso pelo azul brillante y unos ojos felinos.
No les temían y odiaban por el aspecto. Les odiaban por su poder. Tenían tecnología, sabían usarla, y no tenían planes de compartirla. ¿Cómo iban a hacerlo? Seria deshacerse de la única razón por la que la humanidad no les había atacado. Por el miedo.
Eso era lo que la gente de a pie pensaba. Pero Remiel lo había vivido. Había visto como los niños Alien eran ahora los nuevos gafotas. Como eran los primeros sospechosos de todos los crímenes. “¡Ha sido ese puto gato!”, solían decir.
Le repugnaba. Esos actos avivaban el odio dentro del corazón de Remiel. Algo con lo que hubiese podido lidiar...Si no fuera por lo que había ocurrido dos semanas atrás.
Remiel se había enamorado de Lelahel, una joven alien. Como todos los de su raza, tenía el pelo azul brillante, muy largo. Junto a sus ojos negros y felinos, recordaba a una pantera.
Remiel la encontraba hermosa. No es necesario ver para saber cuando una persona lo es. La belleza no se ve. Se siente, se palpa, se respira...Se toca, sin tocar nada en absoluto. Lo que daría por estar otra vez con ella.
Cuando sus respectivas familias se enteraron, se opusieron de inmediato. Aunque la ley no lo prohibía, los comentarios del resto de vecinos serian una humillación para sus familias. Remiel lo odiaba. Le frustraba que sus padres, su hermana, sus tíos...Pensaran de esa manera.
Ninguno le había apoyado. Y lo que es peor, le estaban manteniendo encerrado en esa habitación encerrado como en una cárcel, sin ninguna noticia del exterior. Decidió que si eso iba a ser un cautiverio, no iba a serlo solo para él.
Durante las dos semanas que le habían mantenido encerrado – lo sabia porque había contado las veces que el sol había salido desde entonces – no había pronunciado una sola palabra, ni comido ni bebido. No iba a darles el capricho de que se muriera de pena y pudieran lamentarse, hacerse las victimas frente a los demás. No. Si tenia que morir, lo haría de inanición, y entonces todos los habitantes de esa casa tendrían que darle una buena explicación a las autoridades...Cosa que por supuesto no tenían. Contraer matrimonio con una chica alien no era un delito, y mucho menos quererla, pero mantener a alguien encerrado hasta la muerte...Además, para bien o para mal, los policías seguían cumpliendo su trabajo. Puede que los aliens no les gustaran, pero dios sabia, y ellos por descontado que también lo sabían, que no querían perder su empleo.
Alguien llamo a la puerta. Remiel no respondió. Era la voz de su hermana de quince años, Amy. Esta entro al no recibir respuesta. Tenía una bandeja con comida sobre los brazos – con cereales, zumo y plátanos – pero Remiel siguió sin decir nada. Tenia una pinta estupenda, pero el orgullo llenaba ahora su estómago.
Amy dejo la bandeja sobre la mesilla de noche y se sentó en la cama. Remiel pensó, por un momento, que por fin le habían comprendido. Poco después se daría cuenta de lo iluso que estaba siendo.
-Me han pedido...-susurro Amy. Le estaba costando decirlo. -Lelahel ha muerto -dijo.
Remiel le lanzó la mirada más venenosa que alguien puede lanzarle a una hermana. Eso era mentira. Él había visto a la familia de Lelahel en persona. Por supuesto, no le habían aceptado, pero le rechazaron de forma educada y sin perder las formas. No eran pueblerinos con horcas, por mucho que así los pintaran los humanos.
-Eso no es cierto – fue lo primero que dijo Remiel en dos semanas.
-Sé que es duro, pero... - intento convencerle Amy.
Sus labios temblaban. Evitaba mirarle a los ojos. Tenía los pelos de punta, y no hacia frío. Estaba mintiendo. Remiel estaba harto.
-Acercame la jarra con el zumo, por favor – pidió.
-Ten – dijo Amy.
Remiel le estampo la jarra en la cabeza con todas sus fuerzas, sin pensárselo dos veces. Los cristales rotos se clavaron en su cabeza y varios hilos de sangre manaron de ella. Uno cayo sobre su frente y se deslizo hasta sus labios. Tenía la mirada perdida. Habría caído al suelo si Remiel no la hubiese sujetado un segundo después. No quería provocar más ruidos que los estrictamente necesarios.
Su familia ya se había acostumbrado a oírle tirar jarras, bandejas, a aporrear puertas y lanzar cajones. Una jarra no seria suficiente para llamar su atención, pero era mejor no correr riesgos estúpidos.
Todavía era temprano. Sus padres estarían durmiendo, y sus tíos hoy no estaban. Venían de vez en cuando y pasaban una temporada con ellos, normalmente un mes. Cogió un cuchillo de la cocina. Uno largo pero con una hoja fina. Le pareció fácil de manejar a simple vista, aunque no había tocado uno en toda su vida. No para matar, al menos.
Entro en la habitación de sus padres. A su padre le clavo el cuchillo directamente en el corazón. Su madre se despertó por el grito ahogado de este, pero ya era demasiado tarde. Remiel la asfixio con una almohada.
Remiel mató a su familia por amor. Dos días después las autoridades le detuvieron y le encerraron en una prisión de mala muerte. Estuvo en ella durante cinco largos años. Estudio los movimientos de los guardias, sus horarios, su rutina.
Trazó un plan.
Capítulo 2 - El que los hunde en la tierra
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Remiel apilo unos cuantos troncos en circulo y les prendió fuego con dos piedras. Un fuego pequeño y controlado. No quería incendiar el bosque.
El hombre al que había escapado junto a el se sentó en un tocón cercano. Miraba el fuego durante varios minutos, sin pestañear. Ninguno de los dos dijo nada hasta que Remiel se sentó, justo enfrente de él.
-Supongo que podríamos empezar presentándonos – dijo el hombre moreno. -Mi nombre es Cross.
-Remiel – fue todo lo que obtuvo por respuesta.
Remiel estaba pensativo. ¿Le serviría aquel hombre para lo que pretendía? Necesitaría, que supiese, dos personas más. Le lanzó una manzana y Cross la recogió en el aire.
Todo lo que había en el bosque eran jabalís -demasiado fuertes para poder cazarlos en su condición actual – y manzanas.
-Mmm...¡Qué dulce! -exclamó Cross como un adolescente que hasta hace poco no era más que un niño, y que por fin había empezado a probar cosas nuevas.
Salvo que Cross era muchas cosas, pero no era un adolescente. Y mucho menos un niño. Llevaba muy bien sus cuarenta años, y realmente no los aparentaba. Podría haber pasado por 30. Eso estando moribundo. Remiel pensó que con algo de pulcritud y la ropa adecuada, podría haber pasado por un noble.
-Gracias a todos las estrellas – dijo Cross. -La comida de la cárcel era horrorosa, colega. Aunque hemos tenido suerte. Por lo menos no era una cárcel alien. ¿Sabes lo que se rumorea de ellas, tío? -preguntó.
-¿Qué te meten una sonda por el culo? - respondió Remiel levantando una ceja, sarcástico.
-Dicen que te mantienen vivo a base de verdura y agua. Nada de fruta, ni carne, ni cualquier otra cosa. ¿Lo imaginas? ¿Años sin comer algo con alma? Después de una experiencia así un filete debe saberte a coño – dijo con toda la naturalidad del universo.
A Remiel le pareció vulgar. Pero eso era una buena señal. Necesitaba reunir a la peor escoria del planeta para lo que se proponía. La gente vulgar vive en las calles. Saben cosas que universitarios con diez licenciaturas no sabrían. Y más importante, no discutirían sus métodos.
-¿Qué piensas de los aliens? - preguntó Remiel. -Dejando de lado sus cárceles.
-No me preocupan – respondió Cross. -No pienso nada, a decir verdad. Me dan igual. Si no me molesta, no existe.
-Estuve a punto de casarme con una alien – soltó Remiel. -Y si me preguntas que tal están los coños alien, te forro a hostias – añadió.
Cross lo miró atónito. ¿Un humano queriendo casarse con una alien? Imposible. Nadie quería juntarse con ellos si podía evitarlos. Los aliens eran victima de palizas, atracos, asesinatos, violaciones, secuestros...todos los días.
Aunque el amor no entiende ni de razas ni de fronteras, una persona reflexiva y racional habría evitado cualquier contacto, al menos en público. Entonces Cross se percato por fin de algo que Remiel escondía muy bien.
Su amigo no estaba actuando de forma racional.
-¿Qué paso con ella, con la alien? -preguntó.
-Nuestras familias se opusieron. Nos separaron. Se la llevaron a su casa. A mi me mantuvieron encerrado en mi ma... -estuvo a punto de decir “mansión”. Decidió evitar el detalle por el momento - ...en mi casa. Me mantuvieron encerrado en mi casa.
-Como Romeo y Julieta...-susurró Cross.
-Salvo por un detalle. No se que habrá hecho Lelahel, pero yo no pienso dejar que mi familia me cause la desgracia. Así que hice lo que Romeo y Julieta debieron hacer. Matar a sus familias.
Cross permaneció en silencio. Ese hombre y el tenían algo en común. No eran las mismas circunstancias, ni el mismo motivo, ni la misma clase de victimas...Pero ambos eran asesinos.
Cross empezó a relatar la historia de su crimen, sin que Remiel tuviera que pedírselo por segunda vez.
Cross salió de su casa. Estuvo tentado de coger la bici, pero lo descarto. Hacia noche muy buena. Quería disfrutar de aquello pausadamente, de forma tranquila, sin prisas...La noche era joven.
Tardo tres horas a paso lento en llegar al pueblo de al lado. Quería saborear cada minuto, cada segundo...
Echo un vistazo a las casas, todas de color blanco, con dos pisos. Un pueblo pequeño y uniforme. Dio un rodeo y se adentro en la zona posterior de las casas. Eran viejas. Las ventanas estaban sucias y llenas de roña.
Observó todas las casas, una por una. La última tenía la luz del segundo piso encendida.
“Mi día de suerte” - pensó Cross.
Cogió una piedra pequeña y afilada. Se pego a la pared de la casa y se puso de puntillas para alcanzar la pequeña y rectangular ventana. Con una punta de la piedra, empezó a rallar el cristal lentamente. Abrió un pequeño agujero sin mucho esfuerzo – la ventana tenía más años que él, al fin y al cabo – y metió la mano por el agujero.
Llegaba al pestillo por los pelos, pero llegaba. Lo levantó. La ventana se abrió de par en par y el escalo. Le costo varios intentos pasar por la ventana, pues tenia el físico justo para ello.
Una vez dentro avanzo despacio y con cuidado. Amaba esa sensación. Ahora no tenía sangre en las venas, tenía adrenalina pura. Estaba cachondo.
Agarró el pomo de la puerta del garaje y tiró de ella tan solo un centímetro, lo suficiente como para mirar. Todo estaba a oscuras. Avanzo a tientas hasta la cocina, asegurándose de no hacer ruido.
Buscó algo con lo que dejar inconsciente a una persona. No encontró nada de su gusto. Tendría que hacerlo a golpes. Lástima.
Subió a las escaleras de madera en dirección a la luz. La puerta de la habitación estaba entreabierta. Un chico joven, de diecisiete o dieciocho años leía un libro tumbado en la cama a la vez que escuchaba música a través de los auriculares blancos conectados al MP3 que caía sobre su pecho.
La música estaba tan alta que Cross casi podía canturrearla.
“The Poet came down to the lake...”
Entro en la habitación.
“...to call out to his dear”
El muchacho estaba de espaldas y siguió sin verle. No le vio hasta que estuvo de pie a su lado. Se aparto asustado, pero ya era demasiado tarde. La lampara que mantenía la sala encendía cayo sobre su cabeza, rompiéndose en mil pedazos, dejando clavados los trozos de cristal de la bombilla en el cabello y la cara, mientras el aceite bajaba por sus mejillas.
Cross le puso dos dedos en el cuello. Después hizo lo mismo en las muñecas. Aún tenía pulso.
Lo llevo a rastras hasta el jardín trasero y lo dejo tirado sobre el césped. Después se dirigió al garaje, cogió una pala y convenzo a cavar.
El muchacho se despertó en un hoyo y con una pierna rota. Debería habérsela roto al caer. Le dolía la cabeza. Se palpo la nuca y noto la sangre deslizándose por ella.
Miro hacia arriba, pensando en como salir. Desde lo alto, un hombre adulto, con el pelo corto y negro, le miraba fijamente, sujetando una pala. Le miraba sonriendo, contento, casi eufórico.
Cross hundió la pala en la hierba verde del jardín y sacó un gran trozo de tierra marrón. La lanzó al hoyo.
-¡No! -gritó el joven. ¡No, no, detente, haré lo que sea!
-Eso es. Cuanto más súplicas más disfruto con esto – pensó Cross, lanzando una segunda palada de tierra.
Se aseguro que de que los montones de arena cayeran sobre sus piernas. No quería taparle la cara hasta el final.
Quería ver su expresión un segundo antes de morir.
Remiel le escuchaba en silencio. Aquel hombre era justo lo que estaba buscando. Uno de los que estaba buscando. Aquel hombre era un hijo de puta sin escrúpulos. Justo lo que necesitaba para su plan.
-¿Y bien? -preguntó Cross. -¿Cuál es la segunda cosa que quieres que haga por ti?
-¿Lo harás? - respondió Remiel.
Cross soltó un suspiro. No tenía ningún lugar al que ir ni nadie importante. Lo que único que necesitaba era seguir enterrando gente viva. Era todo lo que necesitaba para vivir, igual que un yonki necesita su dosis.
-Siempre y cuando pueda continuar con mi “hobby”, si – respondió Cross.
-Bien. Quiero que me acompañes – comenzó a explicar Remiel. -Quiero reunir a un grupo. Necesito, como mínimo, un ladrón y un técnico. Luego, un transporte.
-¿Para que necesitamos un ladrón y un técnico?
-El ladrón nos ayudará a robar una nave. ¿Sabes la velocidad que alcanzan esas cosas? Normalmente se usan para viajar por el espacio...Pero si la usas para moverte por el planeta, es casi como teletransportarse. El técnico, es, evidentemente, para que se ocupe del mantenimiento de la nave -explicó Remiel.
-No, lo que quiero decir es que para que quieres reunir un grupo. Y más importante, que pinto yo en él. Te acompañare, pero quiero saber tus motivos – repuso Cross.
Remiel se dispuso a explicar su plan, el plan que le había llevado cinco años idear, con pelos y señales, cuando un ruido emano de los matorrales del bosque.
Ambos se pusieron en guardia. Podría ser un jabalí. Y aunque hubiesen comido, estaban desarmados. Incluso un jabalí podría matarlos ahora mismo. Se prepararon para correr en cuánto aquel animal saliera de entre la maleza.
-¡Ven si te atreves! - exclamó Cross.
La hierba comenzó a agitarse y dos sombras surgieron de ella. Pero aquellas no eran la figuras de dos jabalíes. Eran de las figuras de dos niños – aunque debían tener dieciséis y diecisiete años, para Remiel y Cross seguían siendo niños – ambos todavía en pijama y llenos hasta arriba del barro y la suciedad del bosque.
El muchacho era el mayor. Tenía el cabello rubio y los ojos azul marino. Solo llevaba una camiseta y un pantalón, ambos grises, de dormir. Iba descalzo y tenía varios cortes en la piel, producto de algunas afiladas plantas del bosque.
La chica debía ser un año mas pequeña. Su pelo era castaño claro, y sus ojos negros. Iba incluso más desvestida que su amigo. Solo llevaba una bata blanca y unas bragas verdes.
El muchacho cayo de bruces contra el suelo.
El hombre al que había escapado junto a el se sentó en un tocón cercano. Miraba el fuego durante varios minutos, sin pestañear. Ninguno de los dos dijo nada hasta que Remiel se sentó, justo enfrente de él.
-Supongo que podríamos empezar presentándonos – dijo el hombre moreno. -Mi nombre es Cross.
-Remiel – fue todo lo que obtuvo por respuesta.
Remiel estaba pensativo. ¿Le serviría aquel hombre para lo que pretendía? Necesitaría, que supiese, dos personas más. Le lanzó una manzana y Cross la recogió en el aire.
Todo lo que había en el bosque eran jabalís -demasiado fuertes para poder cazarlos en su condición actual – y manzanas.
-Mmm...¡Qué dulce! -exclamó Cross como un adolescente que hasta hace poco no era más que un niño, y que por fin había empezado a probar cosas nuevas.
Salvo que Cross era muchas cosas, pero no era un adolescente. Y mucho menos un niño. Llevaba muy bien sus cuarenta años, y realmente no los aparentaba. Podría haber pasado por 30. Eso estando moribundo. Remiel pensó que con algo de pulcritud y la ropa adecuada, podría haber pasado por un noble.
-Gracias a todos las estrellas – dijo Cross. -La comida de la cárcel era horrorosa, colega. Aunque hemos tenido suerte. Por lo menos no era una cárcel alien. ¿Sabes lo que se rumorea de ellas, tío? -preguntó.
-¿Qué te meten una sonda por el culo? - respondió Remiel levantando una ceja, sarcástico.
-Dicen que te mantienen vivo a base de verdura y agua. Nada de fruta, ni carne, ni cualquier otra cosa. ¿Lo imaginas? ¿Años sin comer algo con alma? Después de una experiencia así un filete debe saberte a coño – dijo con toda la naturalidad del universo.
A Remiel le pareció vulgar. Pero eso era una buena señal. Necesitaba reunir a la peor escoria del planeta para lo que se proponía. La gente vulgar vive en las calles. Saben cosas que universitarios con diez licenciaturas no sabrían. Y más importante, no discutirían sus métodos.
-¿Qué piensas de los aliens? - preguntó Remiel. -Dejando de lado sus cárceles.
-No me preocupan – respondió Cross. -No pienso nada, a decir verdad. Me dan igual. Si no me molesta, no existe.
-Estuve a punto de casarme con una alien – soltó Remiel. -Y si me preguntas que tal están los coños alien, te forro a hostias – añadió.
Cross lo miró atónito. ¿Un humano queriendo casarse con una alien? Imposible. Nadie quería juntarse con ellos si podía evitarlos. Los aliens eran victima de palizas, atracos, asesinatos, violaciones, secuestros...todos los días.
Aunque el amor no entiende ni de razas ni de fronteras, una persona reflexiva y racional habría evitado cualquier contacto, al menos en público. Entonces Cross se percato por fin de algo que Remiel escondía muy bien.
Su amigo no estaba actuando de forma racional.
-¿Qué paso con ella, con la alien? -preguntó.
-Nuestras familias se opusieron. Nos separaron. Se la llevaron a su casa. A mi me mantuvieron encerrado en mi ma... -estuvo a punto de decir “mansión”. Decidió evitar el detalle por el momento - ...en mi casa. Me mantuvieron encerrado en mi casa.
-Como Romeo y Julieta...-susurró Cross.
-Salvo por un detalle. No se que habrá hecho Lelahel, pero yo no pienso dejar que mi familia me cause la desgracia. Así que hice lo que Romeo y Julieta debieron hacer. Matar a sus familias.
Cross permaneció en silencio. Ese hombre y el tenían algo en común. No eran las mismas circunstancias, ni el mismo motivo, ni la misma clase de victimas...Pero ambos eran asesinos.
Cross empezó a relatar la historia de su crimen, sin que Remiel tuviera que pedírselo por segunda vez.
Cross salió de su casa. Estuvo tentado de coger la bici, pero lo descarto. Hacia noche muy buena. Quería disfrutar de aquello pausadamente, de forma tranquila, sin prisas...La noche era joven.
Tardo tres horas a paso lento en llegar al pueblo de al lado. Quería saborear cada minuto, cada segundo...
Echo un vistazo a las casas, todas de color blanco, con dos pisos. Un pueblo pequeño y uniforme. Dio un rodeo y se adentro en la zona posterior de las casas. Eran viejas. Las ventanas estaban sucias y llenas de roña.
Observó todas las casas, una por una. La última tenía la luz del segundo piso encendida.
“Mi día de suerte” - pensó Cross.
Cogió una piedra pequeña y afilada. Se pego a la pared de la casa y se puso de puntillas para alcanzar la pequeña y rectangular ventana. Con una punta de la piedra, empezó a rallar el cristal lentamente. Abrió un pequeño agujero sin mucho esfuerzo – la ventana tenía más años que él, al fin y al cabo – y metió la mano por el agujero.
Llegaba al pestillo por los pelos, pero llegaba. Lo levantó. La ventana se abrió de par en par y el escalo. Le costo varios intentos pasar por la ventana, pues tenia el físico justo para ello.
Una vez dentro avanzo despacio y con cuidado. Amaba esa sensación. Ahora no tenía sangre en las venas, tenía adrenalina pura. Estaba cachondo.
Agarró el pomo de la puerta del garaje y tiró de ella tan solo un centímetro, lo suficiente como para mirar. Todo estaba a oscuras. Avanzo a tientas hasta la cocina, asegurándose de no hacer ruido.
Buscó algo con lo que dejar inconsciente a una persona. No encontró nada de su gusto. Tendría que hacerlo a golpes. Lástima.
Subió a las escaleras de madera en dirección a la luz. La puerta de la habitación estaba entreabierta. Un chico joven, de diecisiete o dieciocho años leía un libro tumbado en la cama a la vez que escuchaba música a través de los auriculares blancos conectados al MP3 que caía sobre su pecho.
La música estaba tan alta que Cross casi podía canturrearla.
“The Poet came down to the lake...”
Entro en la habitación.
“...to call out to his dear”
El muchacho estaba de espaldas y siguió sin verle. No le vio hasta que estuvo de pie a su lado. Se aparto asustado, pero ya era demasiado tarde. La lampara que mantenía la sala encendía cayo sobre su cabeza, rompiéndose en mil pedazos, dejando clavados los trozos de cristal de la bombilla en el cabello y la cara, mientras el aceite bajaba por sus mejillas.
Cross le puso dos dedos en el cuello. Después hizo lo mismo en las muñecas. Aún tenía pulso.
Lo llevo a rastras hasta el jardín trasero y lo dejo tirado sobre el césped. Después se dirigió al garaje, cogió una pala y convenzo a cavar.
El muchacho se despertó en un hoyo y con una pierna rota. Debería habérsela roto al caer. Le dolía la cabeza. Se palpo la nuca y noto la sangre deslizándose por ella.
Miro hacia arriba, pensando en como salir. Desde lo alto, un hombre adulto, con el pelo corto y negro, le miraba fijamente, sujetando una pala. Le miraba sonriendo, contento, casi eufórico.
Cross hundió la pala en la hierba verde del jardín y sacó un gran trozo de tierra marrón. La lanzó al hoyo.
-¡No! -gritó el joven. ¡No, no, detente, haré lo que sea!
-Eso es. Cuanto más súplicas más disfruto con esto – pensó Cross, lanzando una segunda palada de tierra.
Se aseguro que de que los montones de arena cayeran sobre sus piernas. No quería taparle la cara hasta el final.
Quería ver su expresión un segundo antes de morir.
...
Remiel le escuchaba en silencio. Aquel hombre era justo lo que estaba buscando. Uno de los que estaba buscando. Aquel hombre era un hijo de puta sin escrúpulos. Justo lo que necesitaba para su plan.
-¿Y bien? -preguntó Cross. -¿Cuál es la segunda cosa que quieres que haga por ti?
-¿Lo harás? - respondió Remiel.
Cross soltó un suspiro. No tenía ningún lugar al que ir ni nadie importante. Lo que único que necesitaba era seguir enterrando gente viva. Era todo lo que necesitaba para vivir, igual que un yonki necesita su dosis.
-Siempre y cuando pueda continuar con mi “hobby”, si – respondió Cross.
-Bien. Quiero que me acompañes – comenzó a explicar Remiel. -Quiero reunir a un grupo. Necesito, como mínimo, un ladrón y un técnico. Luego, un transporte.
-¿Para que necesitamos un ladrón y un técnico?
-El ladrón nos ayudará a robar una nave. ¿Sabes la velocidad que alcanzan esas cosas? Normalmente se usan para viajar por el espacio...Pero si la usas para moverte por el planeta, es casi como teletransportarse. El técnico, es, evidentemente, para que se ocupe del mantenimiento de la nave -explicó Remiel.
-No, lo que quiero decir es que para que quieres reunir un grupo. Y más importante, que pinto yo en él. Te acompañare, pero quiero saber tus motivos – repuso Cross.
Remiel se dispuso a explicar su plan, el plan que le había llevado cinco años idear, con pelos y señales, cuando un ruido emano de los matorrales del bosque.
Ambos se pusieron en guardia. Podría ser un jabalí. Y aunque hubiesen comido, estaban desarmados. Incluso un jabalí podría matarlos ahora mismo. Se prepararon para correr en cuánto aquel animal saliera de entre la maleza.
-¡Ven si te atreves! - exclamó Cross.
La hierba comenzó a agitarse y dos sombras surgieron de ella. Pero aquellas no eran la figuras de dos jabalíes. Eran de las figuras de dos niños – aunque debían tener dieciséis y diecisiete años, para Remiel y Cross seguían siendo niños – ambos todavía en pijama y llenos hasta arriba del barro y la suciedad del bosque.
El muchacho era el mayor. Tenía el cabello rubio y los ojos azul marino. Solo llevaba una camiseta y un pantalón, ambos grises, de dormir. Iba descalzo y tenía varios cortes en la piel, producto de algunas afiladas plantas del bosque.
La chica debía ser un año mas pequeña. Su pelo era castaño claro, y sus ojos negros. Iba incluso más desvestida que su amigo. Solo llevaba una bata blanca y unas bragas verdes.
El muchacho cayo de bruces contra el suelo.



























