[MNUJ][TP] Pentaphobia

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[MNUJ][TP] Pentaphobia

Mensaje #1 por IrisMont » Mié Nov 15, 2017 4:42 pm

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Tipo y Edad: Original, Para Todos los Públicos, Historia de Terror.
Sinopsis: Amanda es una niña de nueve años que, por primera vez, se queda sola en casa por la noche. Cuando sus padres se han ido, se acuerda que su madre le había hecho un mandado que supone salir al jardín a oscuras.

Entonces empiezan a ocurrir una serie de sucesos extraños...


Comentarios de la autora:
De vez en cuando a mis tíos les daba por hacer una comida familiar en la que nos juntábamos todos. En esas comidas, para pasar el tiempo, los primos nos encerrábamos en una habitación, apagábamos la luz y nos poníamos a contar historias de miedo. En principio, Pentaphobia iba a ser una recopilación de cinco de aquellas historias; sin embargo, a medida que escribía, han ido tomando forma hasta convertirse en una sola.

Espero que la disfrutéis.


Prima. La Carne de Gallina | +
Prima. La Carne de Gallina


A sus nueve años, era la primera vez que Amanda se quedaba sola en casa por la noche. Unos amigos habían invitado a sus padres a cenar, y ella no quiso ir por mero aburrimiento. Ya no había querido ir la vez anterior, pero sus padres no la habían dejado quedarse sola. Sin embargo, pese a haber pasado solamente unos meses, aquella vez accedieron. Quizás porque comprendieron que volver a pasar una cena escuchando líos sobre política era demasiada tortura para la niña.

Era comprensible que su madre tuviera miedo de dejar a la niña sola: vivían en una casa de campo, alejados del pueblo, y los vecinos más próximos estaban a dos quilómetros. Por ello, antes de irse, la mujer le repitió una docena de veces todo lo que tenía que hacer.

—Cierra con llave y no abras a nadie. Absolutamente a nadie. Cena y acuéstate pronto, y deja las luces de la planta baja encendidas cuando te vayas a acostar. Si tienes miedo deja que Blacky entre en casa. No, creo que mejor deja que entre directamente, así te guardará...

—Mamá, tranquila —interrumpió la niña, cansada de escuchar lo mismo durante media hora—. Blacky dormirá fuera, en su casita como siempre. No te preocupes tanto, que solo os vais por unas horas.

—Pero, cielo...

El padre bajó las escaleras en ese momento, con la chaqueta colgando del brazo y la cartera en la mano.

—Fina, cariño, Amanda es una niña muy responsable, sabrá ir con cuidado, ¿verdad que sí, cielo?

La pequeña asintió sonriendo, agradecida por la intervención salvadora de su padre.

—Id tranquilos, que no me pasará nada. Cenaré y me meteré en la cama a leer algo. Vosotros pasadlo bien.

La mujer respiró, resignada.

—Está bien, Amanda. Pero si tienes algún problema nos llamas en seguida, ¿vale? ¿Te acuerdas de...?

—¡Que sí, mamá! —exlcamó, por no llamarle pesada—. Id de una vez.

Así, aún preocupada, la madre le dio un abrazo y un beso en la mejilla y salió de la casa tras su marido, quien le había guiñado previamente el ojo a la niña. Al parecer, fue gracias a su intervención que Amanda pudo evitar ir a la aburrida cena de amigos.

Una vez el coche se hubo alejado lo suficiente como para no escuchar el ruido de su motor, la pequeña se quedó unos instantes quieta, escuchando el silencio y mirando la oscuridad que pronto terminaría por cubrir el cielo. El tic-tac del reloj, el viento silbando entre las hojas del árbol de la entrada, el eco del cacareo de una gallina al otro lado de la finca, un ladrido esporádico de Blacky, el perro guardián... Comenzó a pensar que quizás una noche de aburrimiento con los amigos de sus padres habría sido mejor que quedarse sola en casa.

Sacudió la cabeza, intentando desechar cualquier atisbo de miedo que pudiera provocarle la repentina soledad, y se sentó en el sofá. Era pronto para cenar, así que se lo tomaría con calma. Encendió la tele y de pronto se sintió mucho mejor. Es curioso el efecto que produce la televisión o la radio, el ruido en general, en las personas. Siempre y cuando sea un ruido agradable, conocido y que sepamos bien a ciencia cierta de donde procede. Porque, escuchar el viento mecer las hojas la había atemorizado un poco, sin embargo la música del conocido concurso de caer por las trampillas y el aplauso del público le hizo olvidar casi inmediatamente que estaba sola.

Cambió de canal. Le aburría aquel concurso. Gente tonta capaz de acertar las palabras más difíciles pero fallar las más absurdas (como aquel que no supo responder que el amigo de Sven, el reno de Frozen, se llama Kristoff, ¿cómo es posible que haya alguien sobre la faz de la tierra que no se sepa los nombres de los personajes de Disney? ¡Qué vergüenza!). Dio con un canal en el que daban una serie de policías. Normalmente sus padres no le dejaban ver ese tipo de series, "son para mayores de doce años, aún eres muy pequeña". Por un momento estuvo tentada a cambiar y poner algún canal de dibujos, o incluso poner una peli de Barbie (a qué negarlo, le encantaban esas pelis), pero se lo repensó: estaba sola, sus padres no se enterarían si había visto o no algún programa prohibido. Así que dejó el mando a un lado y se quedó mirando embobada al científico de barba blanquecina que en ese momento descuartizaba un cadáver mientras hablaba en términos que ella desconocía totalmente. Le dio algo de grima verlo meter los dedos por debajo de las costillas del tórax abierto del fiambre para levantarlas y señalar el pulmón mientras hablaba con una mujer rubia. Sin embargo, resultaban interesantes esas palabras, la forma en que a pesar de ser un muerto podían averiguar incluso lo último que había visto. Quizás no sería mala idea plantearse estudiar algo de eso.

Le estaba empezando a entrar hambre, así que fue a la cocina a por la cena. Su madre había hecho pollo asado para comer del que todavía quedaba un muslo. Lo cogió con una servilleta envuelta en el hueso, dispuesta a comérselo frío, y cogió también una bolsa de patatas fritas a medio terminar, unas natillas de chocolate y una bolsa de chuches que guardaba del último cumpleaños al que fue. Lo puso todo en una bandeja en la que añadió también una botella de coca-cola a la que le quedaba menos de la mitad y, con todo ello, volvió al salón, lo puso sobre la mesita de café y se sentó en el suelo. Hubiera preferido el sofá, pero si lo manchaba se llevaría una buena regañina.

Una hora después, Amanda se había casi terminado el arsenal de comida. Estaba tumbada sobre la alfombra comiendo chuches de la bolsa con parsimonia. La serie de policías continuaba, esta vez con otro capítulo sobre una mujer asesinada en una habitación de hotel. La mitad de las palabras le sonaban a chino, pero iba captando su significado por el contexto. De pronto, sin venir a cuento, le vino algo a la memoria.

—¡Jolines! ¡Tenía que vaciar el cubo de comida esta tarde!

Con el cubo de la comida se refería al cubo donde echaban las sobras para echar al gallinero, tales como lechuga, peladuras, cáscaras...

Miró por la ventana. Había oscurecido y fuera no se veía absolutamente nada. Tragó saliva y pensó en no vaciarlo, pero ya llevaba dos días sin acordarse, era su tarea y su madre la reñiría si al día siguiente veía otra vez el cubo sin vaciar. Y no le gustaba ver a su madre enfadada.

—En fin... Qué remedio.

Se levantó y aprovechó para llevarse todo lo de la cena a la cocina. Abrió las puertas del fregadero donde guardaban tanto el cubo de la basura como el de los restos de comida, y tiró en uno la bolsa de patatas fritas y la botella de cola y en el otro echó el hueso del muslo de pollo que se acababa de comer. Usualmente los huesos iban directos a Blacky, pero estaba tan preocupada pensando en el miedo que le daría salir a oscuras que lo tiró por inercia al cubo de la comida. Lo cogió por el asa y volvió a mirar por la ventana.
A parte de la luz de la entrada, el camino que llevaba hasta el corral de las gallinas se perdía en la oscuridad. No le apetecía nada salir a esas horas, pero era eso o volver a ver a su madre enfadada. Tras sopesar de nuevo las dos opciones suspiró para armarse de valor.

Abrió la puerta y tragó saliva antes de poner un pie en el exterior. De pronto el ruido de una cadena la sobresaltó. Miró hacia donde había escuchado el ruido y vio a Blacky, el enorme perro guardián negro, mirándola con los ojos brillantes.

—Blacky... Me has asustado, grandullón.

El perro no se movió. Seguía mirándola fijamente, tal vez percibiendo el olor del hueso de pollo que venía del cubo.

El viento aulló entre los árboles. Se había levantado una de las típicas ventiscas de otoño, y las ramas se mecían como brazos intentando asustar a la niña. Parecían fantasmas a punto de echársele encima. Estuvo tentada de volver a entrar, pero tragó saliva para coger valor y caminó a paso rápido hasta el corral de las gallinas.

Tras dejar la seguridad de la luz sus ojos se habituaron a la claridad de la luna. Sin embargo, ver todas las siluetas negras, sin poder distinguir si lo que tenía a sus lados eran las piedras del camino o seres esperándola al acecho, le hizo coger todavía más miedo, así que apretó el paso hacia el corral.

Miró a través de la rejilla. Las gallinas ya estaban durmiendo, algunas sobre las ramas bajas del limonero, otras sobre unas casitas que usaban para esconder en ellas sus puestas. Sin embargo había una que seguía despierta. Era extraño, las gallinas se van a dormir temprano, con la puesta de sol, de ahí el dicho de "irse a dormir con las gallinas". Amanda no reparó en aquel pequeño detalle. Demasiado ocupada estaba intentando controlar el miedo. En otro momento abría entrado y echado la comida un par de metros más adentro, pero aquella era una situación especial. Quería ahorrar tiempo. Así que levantó el cubo por encima de la rejilla y vació el contenido dentro del corral.

La gallina que seguía despierta la miró un instante y luego se fue corriendo a comer, directa al hueso de pollo.

La niña se la quedó mirando, olvidando por un instante el miedo.

La gallina levantó la cabeza tras picotear el hueso.

Sus miradas se encontraron.

Los ojos de la gallina brillaron.

Un trueno a lo lejos le devolvió el miedo a Amanda. Sin más, echó a correr hacia la casa, cubo vacío en mano. El miedo se había apoderado por completo de ella. Ahora las piedras realmente parecían seres extraños queriendo hacerla tropezar y los árboles movían sus ramas intentando echársele encima. Al verla correr, el perro empezó a ladrar desesperadamente tirando de la cadena, lo cual le asemejaba a un fantasma intentando perseguirla.

No se sintió segura hasta que no hubo entrado en casa y hubo cerrado con llave.

Se apoyó en la puerta, jadeando, intentando recuperar el aliento...

¡BANG!

Miró hacia su izquierda con la cara pálida.

"¡Estás detenido! ¡Se acabó!"

—Joder, la tele...

Cogió el mando a distancia y la paró. Suficiente había tenido con el paseíto nocturno como para seguir viendo muertos descuartizados.

Fue a dejar el cubo bajo el fregadero, canturreando para alejar el miedo que aún sentía en el cuerpo, y decidió que ya era hora de meterse en la cama. Allí bajo las sábanas se sentiría más segura que en el resto de la casa.

Subió las escaleras hacia el baño. No apagó la luz del piso inferior, tal y como su madre le había recomendado. Se lavó los dientes con rapidez (había comido muchas chuches y si algo le daba miedo era tener que ir al dentista por una caries) y se dirigió a su cuarto. La luz del pasillo también la dejó encendida. Apagaría la de su cuarto ya que le molestaba la luz para dormir, pero no quería ver oscuridad absoluta tras el susto anterior.

Se puso el pijama sin dejar de canturrear. Sin embargo, el miedo no se disipaba del todo. Se sentía observada. Los ojos de la gallina mirándola se le habían quedado grabados. Miró hacia la ventana. Estaba abierta de par en par y no se había dado cuenta. El viento se metía por ahí moviendo las cortinas a su antojo. Era común en ella dormir con la ventana abierta los meses de más calor, pero aquel día no era precisamente bueno para ello, tanto por el viento que hacía como por el miedo que había pasado, así que cerró las persianas exteriores, las vidrieras y las cortinas. No le apetecía nada ver la oscuridad del exterior.

Se tumbó en la cama y apagó la lamparita. Había dejado la puerta de la habitación lo suficientemente abierta como para dejar pasar la luz sin que los objetos de su cuarto quedaran iluminados de forma rara.

Dio un par de vueltas en la cama. El miedo no se iba. Volvió a encender la lamparita para ver la hora. Solo eran las diez, sus padres estarían cenando todavía.

—Papá, mamá, volved pronto...

Apagó de nuevo la luz y cerró los ojos intentando pensar en cosas bonitas. Quizás en la última peli de Barbie que había visto, aunque ya tenía sus años. Moda mágica en París. Empezaba con Barbie interpretando a la princesa del guisante. La princesa se tumbaba sobre una cama a la que había que acceder por una escalera debido a la cantidad absurda de colchones que tenía. Entonces se dormía cuando de repente... Unos guisantes gigantes con patas aparecían de la nada, con ojos rojos y dientes afilados, y se le acercaban con ganas de comérsela.

Amanda se giró sobre sí misma. Mejor otra peli... A ver... ¿Mariposa? Mariposa era un hada mariposa a la que le dieron la misión de salir del Reino de la Luz para ir a buscar un antídoto para la reina, quien se estaba apagando. Sin la reina, el reino quedaría a oscuras y por tanto a merced de unos bichos enormes a los que les gustaba comer hadas mariposa. Por supuesto, al salir del reino se encontró con esos escarabajos gigantes que la perseguían sin descanso...

De repente escuchó un ruido fuerte y una ráfaga de viento entrando en su habitación. Se sentó en la cama de golpe mirando asustada hacia la ventana que se acababa de abrir. Tenía la cara sudorosa. ¿Por qué de repente se había abierto la ventana? Pestañeó, y tras abrir los ojos reprimió un grito de terror. Se encogió sobre sí misma, arrastrando las sábanas, en un intento de autoprotegerse.

Ante ella había aparecido una gallina. Una gallina gigante, con los ojos inyectados en sangre mirando fijamente a los suyos.

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"Nos has dado a comer carne de nuestra carne... Vas a morir... Nos has dado a comer carne de nuestra carne... Vas a morir..."

Repetía la gallina una y otra vez con voz de ultratumba. Amanda estaba paralizada. No podía ser real. Aquello no podía ser real de ninguna forma.

"Nos has dado a comer carne de nuestra carne... Vas a morir... Nos has dado a comer carne de nuestra carne... Vas a morir..."

Seguía repitiendo el monstruo.

¿Qué había hecho la niña para que le pasara eso? ¿Por qué estaba repitiendo esas palabras la gallina? Con un gran esfuerzo retrocedió en el tiempo mentalmente para recordar todo lo que había hecho durante el día. Se había levantado, había desayunado viendo una serie sobre una superheroína vestida de mariquita y luego había salido a jugar a su casita de madera hasta que su madre la llamó para comer. Había hecho pollo asado.

Entonces se dio cuenta: ¡el hueso de pollo! ¡Había tirado el hueso de pollo de la cena en el cubo que luego vació en el gallinero, en vez de dárselo a Blacky!

"Nos has dado a comer carne de nuestra carne..."

La gallina gigante no paraba de repetir esas palabras, con su mirada penetrante clavada en ella. La pequeña intentó balbucear que no lo había hecho adrede, que había sido un accidente, que lo hizo sin pensar, pero no podía salir ni un sonido se su boca.

Y, de pronto, luz.

La niña se giró bruscamente hacia la puerta. Su madre estaba ahí, con la mano aún en el interruptor. Sus padres habían llegado a casa, por fin. Estaba a salvo.

—Cielo, te he dicho mil veces que no duermas con la ventana abierta en invierno...

Amanda se giró hacia la ventana. Estaba abierta, pero no había nada. Ni rastro de la gallina. Volvió a mirar a su madre. ¿Lo habría soñado? La mujer se acercó a su hija, quien estaba visiblemente agitada y empapada de sudor, y le tocó la frente.

—¿Estás bien? Pareces acalorada, pero no tienes fiebre.

—He... He tenido una pesadilla —susurró la pequeña, en cuanto pudo recuperar el aliento.

—Ya sabía yo que no era buena idea dejarte sola en casa... —apuntó la mujer, mientras se acercaba a la ventana para cerrarla—. No pasa nada, cariño, ya estamos aquí. No tienes que preocuparte de nada.

Volvió a acercarse a la niña y le acarició la cabeza con dulzura. Luego la recostó en la cama y la arropó.

—Duerme tranquila, mi niña, todo está bien.

Dicho esto, apagó la luz y salió de la habitación.

La niña se quedó a oscuras, pero no pudo tranquilizarse. No con lo que había pasado.

En el patio, Blacky gruñó. Había visto algo, justo debajo de la habitación de Amanda.

Era una gallina.

Estaba muerta.


Secunda. Tic-Tac | +
Secunda. Tic-tac


El ladrar del perro alertó a la familia que su invitada estaba llegando. Blacky se ponía histérico cada vez que escuchaba el motor de un coche: se acercaba a la verja y se ponía a ladrar como loco. Amanda salió corriendo al patio, entusiasmada. Después de la noche que había pasado no le apetecía volver a dormir sola, por eso había invitado a su mejor amiga a quedarse un par de días. Finalmente, el coche negro de los padres de Marion apareció tras la curva.

Marion saludó a su amiga desde la ventanilla mientras su padre apagaba el motor. Amanda daba saltitos sobre sí misma, impaciente. Finalmente, la invitada salió del coche y las niñas corrieron la una a la otra para cogerse las manos en un saludo un tanto cursi.

La madre de Amanda salió en ese momento de la casa y se dirigió al padre de Marion para darle las gracias por traer a la niña y concretar varias cosas. Las niñas no se quedaron a escuchar: tenían muchas cosas por hacer.

Amanda había decidido no contarle nada de su pesadilla ni de la extraña aparición de la gallina muerta aquella mañana. Marion era una persona muy especial, de las conocidas como PAS (persona altamente sensible), y cualquier cosa que a Amanda le parecía una tontería, a ella le parecía un mundo, por eso prefirió guardarse el secreto para sí misma.

La mañana la pasaron maquillándose con las pinturas que a Amanda le habían regalado en su anterior cumpleaños. Mientras Marion se ponía sombra de ojos, su amiga se la quedó mirando con cierta envidia. Al contrario que ella, Marion era una niña muy guapa, de rubia melena de sirena, ojos verdes, nariz pequeña y respingona, labios carnosos... Y, para colmo, ya sabía maquillarse con soltura, con la destreza suficiente para resaltar su belleza sin parecer una chica de esquina. A su lado, Amanda se veía como una marimacho pintada de payaso.

Marion se giró hacia ella al sentirse observada.

—¿Pasa algo?

—Am... No, nada —y se giró al espejo para intentar hacerse, sin éxito, la raya del ojo—. ¡Vaya, soy un desastre!

Marion se rió, lo que enfadó todavía más a su amiga.

—¡Claro, ríete! Para ti es muy fácil, tú ya eres guapa.

La rubia dejó la sombra de ojos sobre la mesa y se giró hacia Amanda.

—Tú también eres muy guapa. Mira.

Cogió una toallita y tras limpiarle la cara procedió a maquillarla correctamente, como lo haría una profesional. Definitivamente, Marion había aprendido muy bien de su madrina, quien ejercía de modelo femenino en ella (Marion era hija de padres homosexuales). Tras terminar con las pinturas cogió un cepillo y le hizo una media cola lateral sujeta con un coletero de bolas.

—Mírate ahora —dijo Marion, girando la silla para que Amanda pudiera verse en el espejo.

La niña se quedó muda. No se reconocía: ¿de verdad aquella muñeca que la miraba era su reflejo? A su lado, su amiga sonreía.

—¿Ves? Todas somos guapas a nuestra manera, solo necesitas un poco de ayuda para sacarle partido a esa belleza. Es lo que siempre me dice mi madrina —añadió al ver que Amanda se la quedaba mirando sorprendida.

Amanda volvió a mirar su reflejo. De repente se sintió inferior a su amiga. Su envidia se incrementó.

* * *

Tras una tarde-noche comiendo palomitas delante de la tele en plan maratón de series, las dos niñas decidieron irse a la cama para finalizar el día charlando de los chicos que, a su temprana edad, empezaban a despertar ya su interés. Sin duda Amanda había pasado un día casi perfecto y casi había olvidado el suceso de la noche anterior.

Casi.

Al apagar la luz, los ojos de la gallina que la noche anterior se había aparecido ante ella volvieron a surgir en su mente, tan brillantes y sangrientos como los recordaba.

Dio una vuelta sobre sí misma y sus ojos se toparon con los de Marion, tumbada a su lado en la cama nido.

—¿No puedes dormir? —preguntó la anfitriona.

—No tengo sueño. Además, me molesta tu reloj, ¿puedo sacarlo al pasillo?

—¿Mi reloj?

Amanda calló y prestó atención. Oía el murmullo de la tele en la planta inferior, algún búho ulular afuera... Prestó más atención y de pronto el ruido de un tic-tac empezó a hacerse presente. ¿De dónde venía? No recordaba tener ningún reloj de agujas en su habitación. Encendió la luz y miró a su alrededor. El único que vio era el que ya se esperaba encontrar, uno digital sobre la mesita de noche. Y esos no hacían ruido. Sin embargo, las niñas oían el tic-tac claramente.

La anfitriona apartó las sábanas para levantarse pero Marion fue más rápida. Escuchó detenidamente. Amanda abrió la boca para hablar pero su amiga le indicó con el dedo que guardara silencio. Dio una vuelta sobre sí misma, lentamente, hasta que logró averiguar que el ruido venía del escritorio. Encima estaba todo a la vista: una cartulina con el trabajo de ciencias naturales a medio hacer, el pegamento de barra, varios bolis y lápices de colores, y unas tijeras de punta fina abiertas. Marion se estremeció: tijeras abiertas = mala suerte. Las cerró de un golpe.

Y, de repente, el silencio.

Las niñas se miraron. Marion intentó balbucear algo, pero esta vez fue Amanda quien la mandó callar, y se levantó de la cama. El tic-tac volvía a escucharse. Lo único que había ocurrido era que el ruido de las tijeras al cerrarse había desviado por un momento su atención, pero su infantil cabeza todavía no llegaba a tal grado de razonamiento, por lo que su miedo era comprensible.

De pronto, Amanda suspiró con alivio y se acercó en dos zancadas al escritorio para rebuscar en uno de los cajones. Finalmente sacó lo que buscaba y se lo enseñó a Marion, con un sonrisa que denotaba lo estúpida que se sentía al haber tenido miedo. La rubia también se echó a reír. El ruido lo provocaba un metrónomo digital que debía de haber encendido Amanda sin querer al esconder el maquillaje.

—Vaya, papá buscándolo por todas partes y resulta que lo tenía yo —comentó la anfitriona mientras lo apagaba y lo dejaba encima del escritorio, junto a las tijeras—. Vamos a dormir, anda.

Las niñas volvieron a meterse en la cama.

Diez minutos más tarde, Amanda ya dormía. Marion, en cambio, no paraba de dar vueltas, sin lograr conciliar el sueño: extrañaba su cama, le molestaba la luz que entraba por debajo de la puerta, seguía escuchando la tele... A veces odiaba ser tan jodidamente sensible. En realidad, siempre lo odiaba.

De repente empezó a escuchar de nuevo el tic-tac. Abrió los ojos y miró hacia el escritorio. Desde la cama podía ver la pequeña lucecita de la pantalla del metrónomo: se había encendido. Solo. Miró hacia la cama de su amiga, que estaba de espaldas, durmiendo
tranquilamente. Se levantó de la cama y se acercó al objeto. Lo apagó y se dio la vuelta. Pero nada más hacerlo el metrónomo se volvió a encender. Marion empezó a asustarse. Se giró de nuevo y extendió la mano para cogerlo, pero entonces se paró en seco: gracias a la débil luz pudo darse cuenta de que algo no estaba bien, algo no estaba como debería. Encendió el flexo del escritorio y descubrió qué era lo que la había incomodado. Las tijeras. Las dichosas tijeras de punta fina volvían a estar abiertas.

Con la mano temblorosa, cerró las tijeras, apagó el metrónomo y sacó ambos objetos de la habitación. Los dejó fuera, sobre una mesita auxiliar que había en el pasillo, y volvió a meterse en el cuarto, cerrando la puerta tras de sí. Hizo ademán de ir a apagar la luz del escritorio, pero se lo pensó mejor: con el miedo que había cogido no le apetecía nada quedarse a oscuras.

Se metió en la cama temblando de miedo y se tapó la cabeza con las sábanas, como si así estuviera más protegida. No intentó dormir, en esos momentos sería imposible, por lo que procedió a imaginarse una de sus bonitas historias de cuentos de hadas y niñas con poderes mágicos que luego dibujaba mientras se aburría en clase. Ese era otro de los motivos por los que Amanda envidiaba a Marion. Bueno, de hecho eran dos: sabía dibujar muy bien e iba muy adelantada en los estudios. Amanda en cambio era un desastre. Marion lo sabía y siempre se ofrecía a ayudarla y darle trucos para estudiar mejor. Encima era amable y sencilla, y la palabra "burla" no existía en su vocabulario. No era de extrañar que Amanda la envidiara. Pero eso Marion no lo sabía, era además muy inocente.

Marion logró relajarse al imaginarse volando por entre los árboles de un frondoso bosque a lomos de un precioso cisne blanco. Además, los padres de su amiga al parecer ya se debían de haber ido a dormir, pues ya no se escuchaba la tele, y el silencio ayudó a que la pequeña se tranquilizara en medio de su fantasía.

Pero cuando parecía que por fin iba a caer rendida al sueño, un molesto ruido familiar empezó a sonar cada vez más fuerte, llamándola de nuevo a la consciencia.

Tic-tac.

Tic-tac.

Tic-tac.

La pequeña abrió los ojos, aterrorizada. No podía ser verdad. Miró hacia el escritorio sin saber si prefería que el cacharro volviera a estar o no allí. Por supuesto que no estaba allí, ni el metrónomo ni las tijeras. Sin embargo, ella escuchaba claramente el tic-tac. Se revistió de coraje y salió de la habitación para comprobar que, efectivamente, el metrónomo volvía a estar encendido. Y no solo eso: gracias a la luz que salía del cuarto pudo ver que las tijeras también volvían a estar abiertas. En ese momento ya no supo qué hacer, si apagar el aparato y cerrar de nuevo las tijeras, si dejarlo como estaba, si cogerlo y tirarlo por la ventana... Finalmente escogió la que encontró más lógica. Se acercó, cerró las tijeras cuidadosamente, comprobando que tenían el cierre flojo e imaginando que por eso al cerrarlas de golpe y no fijarse quizás se volvieran a abrir como si rebotaran, y al metrónomo le quitó las pilas, pues su Papá Tomás le había dicho alguna vez que los objetos que van con pilas, cuando estas se están acabando, pueden encenderse solos debido al magnetismo de la tierra, o algo así.

Ahora, cerciorada de que las tijeras estaban realmente cerradas y el metrónomo sin pilas
que le permitieran encenderse de nuevo, se dispuso a irse a la cama.

Al darse la vuelta, la presencia de Amanda con expresión somnolienta la sobresaltó.

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—¡Qué susto!

—Voy al baño.

—Ah, vale. Yo vuelvo a la cama.

Y dicho eso, Marion volvió a la habitación. Varios minutos después volvió a entrar Amanda, que apagó la luz y se metió en la cama, completamente en silencio.

Tras comprobar que por fin se habían terminado los sobresaltos, Marion finalmente consiguió conciliar el sueño.

* * *

...tac.

Tic-tac.

Tic-tac.

No... No podía ser verdad.

No abrió los ojos. No podía. Buscó con la mano el interruptor de la lamparita y el clic le dio el valor para mirar. La puerta estaba entreabierta. En la cama de al lado, su anfitriona dormía plácidamente de espaldas a ella. Apartó las sábanas y se levantó.

Tic-tac.

Tic-tac.

Ahora que ya estaba totalmente despierta comprendió que el ruido era real. El metrónomo volvía a sonar.

Se acercó a la puerta, temblorosa, y miró hacia el pasillo medio escondida detrás de la puerta. Entonces se sorprendió: el ruido no procedía del metrónomo, o al menos no tenía la pantalla encendida (cosa lógica teniendo en cuenta que le había quitado las pilas). Pero, entonces, ¿de dónde venía?

Escuchó detenidamente.

Tic-tac.

Tic-tac.

No. No era tic-tac.

Era...

Clop.

Clop.

Clop.

Era como una gota cayendo. Quizás Amanda se había dejado el grifo del lavabo un poco abierto. Sí, tenía que ser eso. Encendió la luz del pasillo y empezó a cruzarlo con paso decidido. Se paró a la mitad, junto a la mesita auxiliar. Había algo raro en ella. No. En realidad faltaba algo. Faltaban las tijeras.

Clop.

Clop.

Marion miró al final del pasillo. En frente estaba el baño, a la izquierda la escalera y a la derecha la habitación de los padres de Amanda. Dio un par de pasos silenciosos, prestando atención al ruido, acercándose a su procedencia. Al llegar a la encrucijada se detuvo.

Clop.

Clop.

Clop.

Clop.

Ahora se escuchaba mucho más fuerte, tanto que no parecía probable que viniera del baño, ya que la puerta estaba cerrada. Sin embargo, la de la derecha sí estaba medio abierta.

La pequeña se acercó lentamente, con la mano extendida, para terminar de abrir la puerta.

Clop.

Entonces, gracias a la luz del pasillo, lo vio.

Un pequeño charco de sangre en el suelo, formado por una gota que caía una y otra vez de una mano que asomaba, inerte, por el borde de la cama.

Marion terminó de abrir la puerta de un golpe.

Clop.

Clop.

La visión de los padres de Amanda con el cuerpo cubierto de sangre la paralizó.

De pronto, la luz se oscureció.

La niña se giró sobresaltada.

No tuvo tiempo de reaccionar. No tuvo tiempo de gritar.

Ni siquiera tuvo tiempo de sorprenderse al ver a su amiga Amanda abalanzarse sobre ella con las tijeras ensangrentadas en la mano.

* * *

Cuando a la mañana siguiente Papá Tomás fue a buscar a su hija se encontró la puerta principal abierta y un rastro de sangre que le llevó hasta la habitación de los padres de Amanda, cuyos cuerpos estaban cosidos a tijeretazos.

Tras ver tal grotesca escena, buscó por toda la casa, cada vez más nervioso. Pero no halló ni rastro de las niñas.

Las dos habían desaparecido.


Tertia. Luna, lunera | +
Tertia. Luna, lunera


El ruido de un motor rompió el silencio de la tarde, y un coche apareció colina arriba hasta detenerse frente a la entrada de la casa. Blanca, que el color blanco solo lo tenía en los ojos y los dientes, bajó del vehículo. Había sido una suerte encontrar esa casa tan rápido, a tan buen precio y tan cerca del hospital donde habían trasladado a su marido (sin contar, por supuesto, que la ciudad estaba más cerca, pero también era más cara). Al principio sospechó que había gato encerrado, pero el inspector les había dicho que no tenía ningún problema de estructura y que estaba todo en regla. Tal vez sólo la habían embargado y por eso era tan barata.

Una furgoneta aparcó detrás del coche. La mujer se giró y se acercó a ella sonriendo. Acababa de llegar su marido con el último cargamento de la mudanza. El hombre salió y la saludó con un beso rápido, antes de dirigirse a la parte trasera para descargar las cajas de la vajilla.

—¿Abres la casa, cielo?

La mujer obedeció y abrió la puerta. La entrada estaba llena de cajas. Un suspiro de resignación se escapó de su boca: tardaría varios días en colocarlo todo.

—¿Cuándo hemos acumulado tantos chismes, Diego? —le preguntó a su marido mientras él dejaba la caja encima de otra.

—No te preocupes, lo desempaquetaremos todo poco a poco, no hay prisas. Y, mientras lo hacemos, siempre podemos ir tirando lo que no necesitemos.

—Da igual. Lo que estorbe lo metemos en el sótano y listo.

Diego se le acercó y le pellizcó la mejilla.

—Siempre tan reacia a tirar cosas.

—No te quejes, que bien que luego las necesitas —respondió Blanca, apartándole la mano y acercándose a una de las cajas—. Anda, ayúdame a colocar los útiles de cocina antes de irte.

—¿Cómo? ¿No me dejas dormir la siesta? ¡Que tengo turno de noche!

Blanca lo miró y suspiró.

—Está bien, ya lo hago yo.

—Uy... ¿te has enfadado?

—No, solo que no me acordaba que pasaría la noche sola. No te preocupes y ve a descansar arriba, así no te molesto —añadió, dirigiéndose a la cocina con la caja y dando así la discusión por zanjada.

Diego la miró un momento antes de subir las escaleras, pensando en si Blanca tendría miedo de pasar la noche sola. Al fin y al cabo, era la primera vez que vivirían alejados de la gente.

* * *


Dieron las once en punto cuando un rayo cruzó el cielo y un trueno hizo retumbar los cristales de la casa. Inmediatamente después, el sonido intenso de la lluvia envolvió el lugar. Blanca, sentada en el sofá con una taza de chocolate caliente entre las manos, se estremeció. Su marido se había ido a las seis y media, terminaba el trabajo a las tres, y media hora después estaría en casa. No le preocupaba estar sola tanto tiempo, le preocupaba que el camino se encharcara y el coche de su marido se encallara en la vuelta a casa.

TOC TOC TOC.

De pronto, alguien llamó a la puerta. Blanca levantó la mirada hacia la entrada, entre sorprendida y recelosa.

Un rayo iluminó el exterior, dejando ver, a través de los cristales, una silueta infantil. Otro trueno siguió al rayo y la persona que estaba ahí volvió a llamar, esta vez con insistencia.

Blanca finalmente decidió abrir. Dejó la taza de chocolate en el suelo, cerca de una caja, y se acercó a la puerta lentamente. La persona que estaba esperando volvió a golpear. Blanca, precavida, abrió la puerta escondiéndose detrás de la misma, por si hubiera alguien más o por si no fuera realmente una niña quien llamaba con tanta insistencia.

Pero sí. Lo era. Una niña de unos nueve años, de largo cabello rubio y vestida de blanco. Tenía el vestido hecho girones, la piel y el pelo cubierto de barro, y los verdes ojos abiertos, asustados.

Blanca, al verla, se alivió y preocupó por partes iguales.

—Dios míos, ¿de dónde sales, pequeña? —le preguntó, estirándola hacia dentro, y, tras arrodillarse ante ella le acarició y frotó la cara, el pelo y los brazos para darle calor mientras le preguntaba—. ¿Qué haces a estas horas tan alejada de la ciudad? ¿Te has perdido? ¿Dónde están tus padres?

La niña no dijo nada, solo temblaba; quizás de frío, quizás de miedo.

—Pobrecita... Debes de estar asustada. No te preocupes, ahora te prepararé un buen baño y algo de cenar, y luego buscaremos a tus padres, ¿te parece bien?

La pequeña siguió sin decir nada. Esperó pacientemente a que la mujer cerrara la puerta con llave y luego se dejó llevar de la mano hasta el baño de la planta superior. Allí, Blanca le preparó el baño prometido, con agua calentita y mucho jabón, y la dejó en la bañera mientras iba a buscarle una camiseta de su marido que le sirviera a la niña de camisón. Luego, volvió para ayudarle a quitarse todo aquel barro. En todo ese rato, Blanca no paraba de hacerle preguntas: cómo se llamaba, de dónde venía, quiénes eran sus padres... Pero la niña no respondió a ninguna. Se dejó hacer como si fuera una muñeca. Blanca no le dio mucha importancia. Pensó que debía de haber pasado un mal rato y que estaba asustada. Seguramente durante la cena estaría más receptiva.

Se equivocó. El baño le abrió el apetito a la niña, sí, pero no la boca. Siguió tan muda como el primer momento. Y eso que Blanca lo intentaba. No paraba de hacer comentarios, de hablarle de su marido, de la mudanza que acababan de hacer... Pero nada. Ni con esas la pequeña cogía confianza. Al final la mujer desistió en sus intentos. Quizás su marido tendría más suerte.

La pequeña bostezó.

—¿Tienes sueño? Es normal, es muy tarde. Te acompañaré a dormir.

Sin decir palabra, la niña se levantó de la silla y esperó a que Blanca le tomara de la mano para llevarla a la única habitación que conservaba los muebles de los antiguos propietarios. Como no tenía sábanas para cama pequeña, había tendido sobre ella una manta cuando había ido a buscar la camiseta para la niña.

—Mira, junto a la cama tienes el interruptor de la luz, y si necesitas algo yo estaré en la habitación que hay junto al baño, ¿te parece bien?

Pero la niña, en vez de soltar la mano de Blanca, la apretó con más fuerza.

—¿Qué ocurre? ¿Tienes miedo? Es normal con la que está cayendo. ¿Quieres que me quede contigo? ¿Sí?

La pequeña siguió muda, pero sin soltarle la mano, cosa que Blanca interpretó como un sí.

Así, se tumbaron ambas en la cama, se taparon con la manta, y Blanca se durmió rápidamente con la extraña niña entre sus brazos.

* * *


—...ca. Blanca. Despierta, cariño.

La voz melosa y el suave zarandeo de Diego despertaron finalmente a Blanca.

—Mmh... ¿Ya estás aquí? —preguntó, frotándose los ojos con una mano—. ¿Dónde está la niña?

—¿Niña? ¿Qué niña?

Blanca se dio cuenta entonces que estaba abrazando una simple camiseta arrugada de su marido. Sorprendida, se apartó la manta y se levantó de la cama.

—Anoche apareció una niña durante la tormenta —explicó agitadamente, mientras salía de la habitación ante la mirada extrañada del hombre e iba hacia el baño—. La bañé, le di de cenar y la acosté conmigo...

Se paró de repente tras abrir la puerta del baño y encender la luz.

—¿Apareció? —preguntó Diego.

—Qué raro...

—¿El qué?

Blanca se acercó a la bañera. Estaba segura que había dejado sobre ella la toalla con la que secó a la niña. Quizás había resbalado y se había caído en el interior, pero no estaba. Entonces se le ocurrió mirar en el armario y allí la vio, doblada como antes de ser usada. La cogió, la desplegó y se la llevó a la cara.

—Está totalmente seca. No debería de haber tenido tiempo de secar...

—Blanca, ¿estás segura que no lo has soñado?

La mujer ignoró el comentario de su marido y bajó corriendo las escaleras hacia la cocina seguida de un extrañado Diego. Recordaba perfectamente que había dejado la mesa puesta. Sin embargo, lo único que había era el bol de frutas en el centro.

—No entiendo nada...

Detrás de ella, su marido le puso las manos sobre los hombros. Blanca se giró.

—Te juro que anoche estuvo una niña aquí. Era rubia y llevaba un vestido blanco y roto. Parecía...

Se detuvo. Decir la palabra "fantasma" era demasiado.

—Quizás sí que lo soñé.

Diego la abrazó.

—Llamaré al hospital para avisar que mañana no iré. No quiero que vuelvas a pasar otra noche sola.

Blanca negó con la cabeza.

—No, no hagas eso. No te preocupes, estaré bien. Seguramente fue fruto de la tormenta y la nueva casa —miró su reloj de pulsera—. Son las cuatro, ¿qué tal si vamos a dormir? Tú estarás cansado y yo necesito tu abrazo de oso.

El hombre sonrió. Pocas veces su mujer le pedía uno de esos llamados abrazos de oso, pero le encantaba cuando lo hacía.

—Me parece perfecto.

Y, cogidos de las manos, subieron las escaleras hasta la habitación de matrimonio.

Al encender la luz, Blanca lanzó un grito y se llevó las manos a la boca. Diego la miró.

—¿Qué ocurre?

Blanca, sin decir nada, señaló con una mano hacia la pared de enfrente: habían pintado en letras rojas muy grandes la palabra "marchaos".

Diego miró hacia donde señalaba la mujer. Luego volvió a mirarla a ella.

—Blanca, ahí no hay nada. Mírame: no hay nada.

Blanca se obligó a sí misma a mirar a su marido, pero inmediatamente volvió a girar la cabeza hacia la pared: las letras habían desaparecido. Temblando, se abrazó a su marido.

—Mañana por la mañana llamaré al hospital. No voy a volver a dejarte sola de noche en esta casa. Venga, vamos a dormir.

Aunque reacia a acostarse, Blanca se tumbó en la cama junto a su marido y, abrazada a él, intentó dormir.

* * *

Luna, lunera
Cascabelera
Tú te vas
Tú te vienes
Tú te sales
Por donde quieres
Luna, lunera...

Blanca abrió los ojos. Escuchaba una voz infantil cantando, flojo, como un eco lejano. A su lado, Diego dormía tranquilamente, ajeno al miedo de su esposa. La mujer se incorporó decidida a seguir la voz de la niña.

...Tú te vienes
Tú te sales
Por donde quieres
Luna, lunera
Cascabelera...


Fuera de la habitación, la voz seguía escuchándose lejos. Blanca bajó las escaleras corriendo, luchando contra el miedo que la dominaba, y abrió la puerta que daba al exterior. Entonces la vio y, aunque estaba de espaldas, la reconoció. Aquel vestido blanco hecho jirones y aquel pelo rubio enmarañado eran inconfundibles. La misma niña que la había visitado horas antes volvía a estar allí, saltando a la comba mientras cantaba una canción infantil y reía entre frase y frase.

Luna, lunera
Cascabelera
Tú te vas
Tú te vienes
Tú te sales
Por donde quieres

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RRRRRRRRRIIIIIIIIIINNNNNNNNNNNNNNNNNNG

Diego buscó con la mano el despertador hasta que logró apagarlo. Luego encendió la luz y se giró hacia su esposa, de espaldas a él.

—Blanca —la llamó, zarandeándola suavemente—. Vamos, cielo, despierta. Vaya, has cogido fuerte el sueño, ¿eh?

Le dio la vuelta para despertarla con un beso, pero entonces comprendió: Blanca ya no volvería a despertar.


Quarta. Después de la tormenta | +
Quarta. Después de la tormenta


Seguía lloviendo mientras los sanitarios subían a la ambulancia el cuerpo de Blanca. Diego miraba la escena desde la puerta, medio ausente a las preguntas que le hacía el gordo inspector.

—Entonces, ¿usted no vio a esa niña?

—Ya le he dicho que no, y mi mujer no me explicó gran cosa: la bañó, le dio de cenar y la acostó en la habitación pequeña. Oiga, ¿de verdad cree que una niña pequeña tiene tanta fuerza como para estrangular a un adulto sin que este se defienda? ¿No cree que me habría despertado con el alboroto?

El inspector se rascó la nuca.

—Sinceramente, no sé qué pensar, esta casa me da escalofríos, no sé cómo se atrevieron a comprarla.

Ante la mirada interrogante de Diego, el hombre se explicó:

—Verá, no soy de creer en historias de fantasmas y esas cosas, pero lo que sucedió aquí deja a cualquiera con mal cuerpo: los antiguos propietarios fueron encontrados una mañana con los cuerpos cosidos a puñaladas. De su hija de ocho años y una amiga de la niña que se había quedado a dormir no se encontró ni rastro.

El marido de la difunta arqueó las cejas y se empezó a interesar por lo que le decía el inspector.

—¿Un secuestro con asesinato?

—Ambas puertas, la de la entrada y la de la cocina, estaban cerradas con llave, nunca fueron forzadas, y las ventanas, como puede ver, tienen barrotes, es imposible entrar por ninguna de ellas.

—¿Y cómo encontraron los cuerpos?

—Los padres de la niña invitada al venir a buscarla vieron un rastro de sangre que salía por la puerta y llamaron enseguida a la policía.

—¿Puede ser que le abrieran la puerta al asesino?

Uno de los sanitarios se acercó a Diego, interrumpiendo así la conversación. Debían llevarse a Blanca al depósito para hacerle la autopsia. El inspector, a su vez, le dijo que debía acompañarle a comisaría: pese a la mala reputación de la casa, él seguía siendo el principal sospechoso.

***


La lluvia había cesado. Estaba anocheciendo y Diego seguía en la comisaría pues no podían descartar nada. Sin embargo, varios agentes se habían quedado vigilando la propiedad por si aparecía alguien sospechoso. Dos policías colocaron su coche cerca de las barreras de la entrada, a doscientos metros de la casa, mientras otros dos hacían guardia en la puerta de la entrada y de la cocina respectivamente. Además, cuatro más peinaron tanto el interior como los alrededores, pues cabía la posibilidad de que la persona que había matado a la mujer siguiera todavía cerca de la finca.

—Empiezo a pensar que esta casa está embrujada —dijo el copiloto del coche, un hombre con algo de sobrepeso, a su compañero.

—Vamos, Tomás, no me digas que crees en fantasmas.

—Te lo digo en serio, ¿sabes que hace justo un año de la muerte de los anteriores propietarios? Y justamente el mismo día a la misma hora muere la nueva dueña.

—Te digo que es pura coincidencia, cierra el pico ya, cagueta.

Los agentes guardaron silencio. Lo único que se escuchaba era el viento agitando los árboles y un perro aullando y ladrando a lo lejos.

—Oye, ahora que caigo —volvió a decir Tomás—, esa familia, ¿no tenía un perro?

—¿La primera? Sí, tenían un perro grande y negro, como un labrador. Pero tampoco lo encontraron después del incidente.

—Quieres decir, ¿como ese?

El hombre señaló al otro lado del camino, con una mirada aterrada. Su compañero miró hacia el lugar y lanzó una expresión de sorpresa: medio escondido entre los hierbajos parecía encontrarse la silueta de un perro. El conductor encendió los faros para iluminar lo que les estaba mirando: un enorme perro negro de ojos brillantes que les enseñaba los colmillos. Al verse iluminado, el animal se puso a ladrar con desesperación mientras parecía tirar de una cadena invisible que le impedía correr hasta ellos.

Los dos hombres se miraron, el copiloto asustado y el otro intrigado. Tanto, que decidió coger su arma y salir del coche para acercarse al animal. Su compañero tardó varios segundos en decidirse si quedarse solo en el coche o ir bajo la imaginaria protección del otro agente. Al final lo siguió, con la mano temblorosa acariciando la pistola.

—Vaya, ¿qué tenemos aquí? Pero si es el perro desaparecido. Vamos, grandullón, tranquilo, nadie va a hacerte daño —iba diciendo el valiente policía mientras se acercaba con cautela al animal.

—Tío, Jaime, vámonos de aquí, esto no me gusta.

Jaime hizo oídos sordos y se acercó más al perro, que a su vez iba retrocediendo con cautela, sin dejar de gruñir a los indeseados.

—¡Eh, vosotros!

Una voz femenina detrás de la pareja de agentes los sobresaltó a los tres, y el perro aprovechó para escabullirse por entre los árboles.

Jaime y Tomás se giraron para encontrarse con una compañera suya.

—¡Maldita sea, Julia! —exclamó Jaime dando una patada a una piedra—. ¡Lo has espantado!

—¿A quién? —preguntó la mujer, acercándose.

—¡Al perro desaparecido! ¡Estaba ahí! —explicó señalando el lugar.

Julia los adelantó y se acercó tranquilamente al lugar indicado. Pese a tener la luz de los faros del coche cogió su linterna, iluminó la zona y se puso de cuclillas para inspeccionar.

—Chicos, con la lluvia ha quedado el suelo embarrado, pero no hay pisadas de ninguna clase. ¿Seguro que no os lo habéis imaginado?

—¿Los dos? De haberlo visto solo el miedica de Tomás lo creería, pero yo también lo he visto.

El aludido le lanzó una mirada asesina, pero no dijo nada. Al fin y al cabo, Jaime tenía razón, era un miedica.

—El inspector ha llamado para que abandonemos el lugar —explicó la mujer mientras se levantaba y comprobaba que los matojos estaban intactos—. No hemos encontrado señales de ningún atacante, y el marido de la asesinada tenía restos de piel bajo las uñas, así que será acusado de asesinato.

Los dos agentes se sorprendieron.

—Pero a esa mujer la asfixiaron sin dejar marcas, ¿cómo es posible? —preguntó Tomás acercándose a su compañera.

—Al parecer, el forense encontró arañazos que pasaron desapercibidos en un primer momento. Aquí no hay nada, vámonos —añadió, dando la explicación por concluida.

Se dieron los tres la vuelta para regresar al coche, pero se quedaron paralizados. Delante de ellos, a unos cuatro metros, iluminado por los faros del coche, volvía a estar el perro negro.

Pero no estaba solo. A su lado, sujetándolo por una correa, había una niña de unos ocho años, de pelo corto, vestida con un pijama sucio y lleno de barro. Les dirigía una mirada severa, casi espeluznante.

—Tenéis que iros antes de que sea tarde. Si ella os encuentra os matará como hizo conmigo.

Jaime sacudió la cabeza como para alejar cualquier miedo e hizo ademán de acercarse a la niña, pero a los dos pasos se detuvo: la pequeña tenía una gran herida abierta en la cabeza, como si se hubiera dado un golpe mortal.

—Joder… —fue lo único que logró articular.

—Tú… ¿Eres una de las dos niñas desaparecidas? —susurró Julia.

—E-e-esto… Esto ti-tiene que ser una broma —tartamudeó Jaime, mirando a su alrededor en busca de una cámara oculta o de compañeros escondidos esperando para burlarse—. Seguro que es una broma de Ana.

—Ella los mató —susurró la extraña—. Tenéis que iros, está loca, ¡os va a matar!

—¿Ella los mató? ¿A tus padres?

El viento ululó más fuerte de lo normal. La niña giró la cabeza bruscamente, asustada.

—Ya viene… ¡Marchaos!
La extraña y el perro se alejaron del trío, corriendo hacia el interior de la finca. Julia frunció el ceño y decidió seguirla. Jaime echó también a correr detrás de ella.

—Eh… ¡Ey! ¡Esperad! —exclamó Tomás, más rezagado.

Julia siguió corriendo, sin quitar la vista y la luz de la linterna de la niña. Mientras corría, como buena policía, no dejaba de observar los alrededores, por lo que no le pasó desapercibido un dato curioso: ni la niña ni el perro dejaban huellas en el suelo.

Al girar la curva del camino que daba a la casa, perdieron de vista a la pequeña. Allí solo había árboles, la casa y los dos agentes que hacían guardia en la entrada de la misma.

—¿Dónde está? ¿Dónde ha ido? —preguntó la mujer, dirigiendo el haz de luz por todo el alrededor, buscando algún indicio de la niña o el perro.

—Era un fantasma… -murmuró Tomás.

Esta vez, ninguno de los otros dos le contradijo. Al fin y al cabo, todos habían sido testigos de la ausencia de huellas pese a estar la tierra mojada.

—Ah… ¡Allí! —exclamó Jaime señalando hacia el bosquecillo del interior de la finca. A pesar de no ver nada fuera de lo común, los demás confiaron en la intuición del hombre y corrieron todos hacia el lugar señalado.

—Si nosotros ya hemos peinado esta zona y no había nada… —dijo Julia, mientras buscaban algún indicio por entre los árboles.

—¡Allí hay algo! —Tomás señaló detrás de unos matorrales.

Se acercaron los tres con cautela donde indicaba el hombre y se quedaron parados: la lluvia, traviesa, había golpeado con fuerza el lugar hasta llevarse la tierra con ella y dejar al descubierto lo que parecía el rostro de una persona medio enterrado.

Julia se acercó al cadáver para comprobar que, efectivamente, era la misma niña que les había avisado antes.

—Tomás, llama a los demás…

—Vaya, vaya.

Una voz los sorprendió. Los tres se giraron lentamente, aterrorizados.

—Así que habéis descubierto mi pequeño secretito…

Los tres policías seguían mirando aquella visión espeluznante sin poder mediar palabra. Efectivamente, tras las palabras de la niña fantasma y el posterior descubrimiento de su cuerpo, los tres eran conscientes de lo que realmente sucedió en aquella casa un año atrás.

De pronto, una bandada de pájaros, que dormían tranquilamente sobre los árboles de alrededor, echó a volar.
____________
N/A: la última entrega tendrá un formato especial.


Quinta. Inhabitable | +
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P.S.: Gracias a Estigia por el logo y los coloreados <3
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Mensaje #2 por Purpleknight » Dom Nov 19, 2017 12:05 pm

Ya te llegué a comentar un poco por otro lado, sobre esta historia, pero aun así quería dejar unos comentarios XD

Mola ese toque de intriga que hay a lo largo del relato. No es que me transmita miedo ni nada, pero sí se puede palpar la tensión conforme uno lee los párrafos, acompañando a Amanda en su inquietante noche. Algunas cosas juegan con la mente de la protagonista y te hacen pensar si es solo imaginación o si realmente estás ante un universo distinto donde existen gallinas asesinas :slow:

Una pregunta: ¿las otras cuatro historias serán también con Amanda o vas a ir cambiando de personajes y escenarios?

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Mensaje #3 por IrisMont » Jue Dic 14, 2017 2:11 pm

Me alegra que te haya gustado ^^ Obviamente, al ser una historia para todos los públicos, mucho miedo no va a dar. Como he mencionado arriba, estas historias están sacadas de nuestras reuniones de sobremesa. Cuando íbamos en verano a comer a casa de uno de nuestros tíos y teníamos que esperar las dos horas de rigor antes de poder meternos en la piscina, nos metíamos en una habitación, apagábamos la luz, y nos contábamos historias de miedo. Cuando se pierde el ambiente, el tono de voz, la interpretación... Este tipo de historias se convierten en simples historias de intriga.

En cuanto a tu pregunta, las cinco historias se desarrollan en la misma casa, solo puedo decir eso :P
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Mensaje #4 por IrisMont » Dom Dic 17, 2017 7:23 pm

Actualizado con la segunda mini historia ^^
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Mensaje #5 por Purpleknight » Mié Dic 20, 2017 3:45 pm

IrisMont escribió:En cuanto a tu pregunta, las cinco historias se desarrollan en la misma casa, solo puedo decir eso :P

Pues habiendo leído el segundo capítulo, tengo la seguridad de que dicha casa se ganará el nombre de "La Casa Encantada" porque tela marinera, y aún quedan tres incidentes para acabar XD

Me llegó a gustar más el cómo se desarrolló en este. Igual es porque siempre me gusta ver interacción de personajes ante peligros, más que un personaje solitario enfrentándose a la amenaza. Leeré con detenimiento los siguientes :pulgar:

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Mensaje #6 por IrisMont » Mar Feb 27, 2018 8:16 pm

Actualizado con la tercera historia. Para la cuarta me voy a tomar un mes de descanso, no va a salir en el siguiente número de la MNUJ, ya me ha constado encontrar hueco para actualizar el primer post ^^U
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Mensaje #7 por IrisMont » Mar Abr 17, 2018 4:37 pm

Añadida la cuarta y penúltima entrega de Pentaphobia. Aviso que la última vendrá ven un formato especial, espero que os guste :P
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Mensaje #8 por IrisMont » Mar May 15, 2018 10:15 pm

Y con la quinta y última entrega, termina Pentaphobia ^^
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