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Evento B: El reencuentro (privado Lergand y Khairath)

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daNin
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Evento B: El reencuentro (privado Lergand y Khairath)

Mensaje #1 por daNin » Lun Ago 06, 2018 3:02 am

Lergand escribió:Nombre del Evento: Un reencuentro
Usuarios Implicados: Lergand, Khairath
Personajes Implicados: Zerion, Ayame
Temática: Ayame y Zerion, tras años separados, se reencuentran fruto de la casualidad y los recuerdos.
Objetivo: Ser felices para siempre
Tipo de Evento: B


Si necesitáis un +18 pedidlo y edito, xd
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Sakura Kurosawa genin de la villa oculta del acero.

Khairath
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Mensaje #2 por Khairath » Lun Ago 06, 2018 12:11 pm

6 de agosto.

Un mes y un día para mi cumpleaños. Un mes para tener que volver a olvidar.

Varios años han pasado desde la última vez que... le vi. No volví a pasar por el lado de la vieja mansión de los Reiden. Ni siquiera intenté acercarme. Lejos queda ya, allá en la Villa de la Luna, al igual que el hogar de mi clan. He vuelto en varias ocasiones, en busca de respuestas, de conocimiento, de fortaleza; en busca de paz. Encontré algunas respuestas, supe más de mis orígenes, me he hecho más fuerte. Pero no logro hallar la paz. Su recuerdo me atormenta. Sus recuerdos me atormentan.

Últimamente he tenido más pesadillas de la cuenta. El clan en llamas. Rocas precipitándose sobre nosotros. La mano nívea y helada de Mamá. Sus ojos ámbar. La aniquiladora lluvia de senbon. La sensación de estar detenida en el aire. Su beso.

Me despierto con sudores fríos o simplemente no concilio el sueño en varios días. Se acerca la fecha en la que se fue y en la que no le volví a ver. Durante todo este tiempo, muchas dudas han asaltado mis pensamientos, muchos... sentimientos. Recuerdo su esencia, tan tibia y armoniosa en mi pecho. Recuerdo el desgarro del alma cuando se marchó. Recuerdo el dolor de mi espalda al intentar encogerme todo lo que pudiera para desaparecer mientras se contraía una y otra vez y lágrimas de amargura mojaban la almohada. Juré que no dejaría entrar a nadie precisamente para ahorrarme el dolor, el sufrimiento. Pero él rompió todas las barreras con un leve gesto que lo cambió todo. Desde entonces me he vuelto más recelosa de la gente. Abandonar Luna me hizo respirar otros aires, que me ayudaron a sobrellevarlo. Pero hay noches que no puedo. Como esta noche.

Me despierto con sudores fríos, de nuevo, aunque estemos en pleno agosto. Me incorporo en el futón y miro a través de la ventana. La luna me saluda, pero no estoy de humor como para devolverle el saludo. Tengo la respiración un poco entrecortada y me tiemblan las manos. Odio pensar esto, pero creo que lo mejor será darme una ducha de agua fría. Al salir se mira en el espejo. Sus facciones han cambiado un poco: es algo más alta, las pupilas cada vez las tiene más avellanadas, se le ha alargado un poco el rostro, tiene los colmillos algo más pronunciados, lleva el pelo corto, alborotado. Se lo cortó al enfrentarse contra un ente de rayos y desde entonces lo lleva así. No hace que le crezca, como hacía antaño, pues piensa que así es mucho más cómodo. Todos cambiamos al fin y al cabo. Ayame no iba a ser menos. Ya tiene 5 colas, un número bastante alto para los de su clan, quienes lo más poderosos tenían 6. Se preguntaba si llegarían a salirle 7, como a su madre, como a todas las Grandes Madres del clan. Aunque de nada sirve una Gran Madre que no tenga hijos a los que cuidar en el clan. La punta de las colas le arrastraba por el suelo, mojándolo. Se las secó con cuidado y se las peinó mientras se perdía en espejismos. Seguía sin poder esconderlas como hacía su madre, aunque había logrado hacerlas algo más cortas, lo suficiente para que no sobresalgan de un pantalón pirata. Seguía guardándolas, para que nadie las viera. Ni siquiera ella misma. Aun cuando alguien le dijo una vez que no debemos avergonzarnos de quiénes somos. Seguía recelosa de que la tacharan de monstruo, de bestia o de algo peor. Se fue metiendo las colas con sumo cuidado dentro del pantalón y se amarró la katana al cinto. La miró fijamente, con la mano izquierda en la guarda, y decidió dejarla en casa. No la necesitaba. Se estaba acostumbrando a no estar las 24 horas agarrada a su katana, pero sí que cogió algo que llevaba en la funda, a modo de amuleto: unos medallones dorados que llevaba desde hacía más de 5 años. Se los guardó en el bolsillo y salió de “casa”, pues aquel no era su hogar. Esa era una de las noches en las que no podía con sus propios pensamientos.

Vagó por las calles de Haganegakure a la luz de la luna. La villa dormía. Sólo se podían distinguir alguna leve luz de los pocos seres nocturnos que no podían dormir como ella o habían caídos rendidos en los brazos del amor. La mayoría de los gatos también estaban despiertos, cazando o haciendo equilibrismo por los muros de las casas. Ayame ya conocía a varios de ellos y viceversa, aunque esa noche quería estar a solas con la luna. Vagó y vagó sin rumbo fijo, hasta que llegó a las puertas de la ciudad, aquellas se destrozaron en la guerra. Ayame sintió que el corazón se le estremecía y se dejó apoyar sobre un lateral del enorme arco de la puerta. Con la mano notó algunas fisuras y ranuras, marcas de guerra, de destrucción. Se pasó el pulgar por las yemas del resto de sus dedos lentamente, mientras notaba el polvo de la puerta. Cruzó el umbral. Dejando las almas de la villa atrás, reposando en la noche.

Aquella zona le era familiar, los recuerdos comenzaron a fluir en su cabeza. Conforme iba avanzando, iba viendo la batalla que libró allí hace tiempo. Vio al kage, vio a Sayoko, se vio a si misma, vio las flechas en el aire, vio un arco y, después de mucho tiempo, lo vio a él. Vio al él de hace 5 años, “flotando” en un tiempo ralentizado mientras la miraba a ella con ojos decididos. Ojos que decían mucho más que cualquier palabra de cualquier idioma pudiera. Se detuvo ahí. Y fue cuando entendió lo que significaba esa mirada. Se estaba declarando. Estaba diciéndole que no dejaría que le pasase nada, que él la protegería al igual que ella lo protege a él, pues no hay nadie en el mundo a la que quiera proteger más que a ella. Que la amaba.

El corazón de Ayame dio un traspiés. Miró de nuevo esos ojos, esta vez entendiendo, esta vez sintiendo. La esencia ambarina volvió a recorrerla por el pecho y ella sentía que volvía a estar parada en el aire. Una suave brisa le alborotó los cabellos, como queriendo ayudarla a revivir ese momento. Mas no hacía falta, pues lo había revivido una y otra vez en su mente. Desde el momento de su despedida, nada fue igual para Ayame, pues ella se dio cuenta, de que también lo amaba a él.

Se sentó justo donde él flotó por primera vez, agarrándose las rodillas y mirando a la luna. La brisa le acariciaba la cara, queriendo consolarla y secándole el pelo. Pero poco consuelo podría recibir de ella, pues no sabía si él siquiera seguiría vivo. Sacó los medallones del bolsillo y se los puso en las manos, imitándole. Lo miró con atención, fijándose en todos los detalles, recorriendo con los dedos los relieves, preguntándose para qué sirven y por qué se los dio. Eran un alivio, pero a la vez un martirio.

Ayame se dejó caer en los recuerdos de Zerion.
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Lergand
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Mensaje #3 por Lergand » Mié Ago 08, 2018 9:46 pm

Era una noche fría, como casi todas las noches en Haganegakure. Incluso en verano, en la villa se notaba el frescor. Un edificio moderno, de los construidos tras la guerra, sobresaltaba entre los demás, con sus luces aún encendidas y su diseño de metal y cristal. Tenía varias alas, pero estas estaban ahora a oscuras, que se alargaban y curvaban como si se tratasen de los tentáculos de un cefalópodo. Asimismo, el edificio principal, en el centro, se redondeaba hasta culminar en una cúpula. El tono rojizo de las tejas y ladrillos le terminaban de dar el aspecto de un pulpo. La guinda del pastel era la entrada, en forma de pico de tan conocido molusco.

Bien entrada ya la madrugada, comenzó a apagarse el brillo de sus ventanas. De la puerta principal salieron varios grupos de personas. Algunos monjes, todos de diferentes monasterios, charlaban casi en susurros, unos rapados y con tatuajes, otros con prendas características u objetos sacados del monasterio como símbolo identificativo. Algunas personas ataviadas con túnicas con símbolos de templos de la villa salieron más tarde. Se diferenciaban bien unos de otros, dado que llevaban las ropas ceremoniales de sus dioses y diosas característicos. Unos gritones y escandalosos piratas salieron de los últimos, alzando la voz y decididos a encontrar una taberna abierta para tomar algo de beber; todos ellos capitanes de diferentes tripulaciones.

Casi de los últimos, dos figuras de negro salieron en silencio. Uno de ellos, Zerion, con una chaqueta cómoda de manga larga, sus guantes azules reforzados y pantalones negros y ajustados. Su madre vestía de forma parecida, pero con una camiseta negra de manga larga, de cuello alto y sin chaqueta alguna.

Ella era tan alta como su hijo. Su pelo liso caía lacio sobre sus hombros, abombado ligeramente hacia dentro. En su flequillo, lateral, una mecha roja se cruzaba. A veces se le iba el pelo hacia la cara y le tapaba el ojo, ámbar como la mayoría del clan, dando la sensación de que una cicatriz le cruzara la cara. Se notaba en su cara la juventud, aunque tenía más edad de la que aparentaba. Su cuerpo era el de una mujer adulta bien cuidada, con curvas bien marcadas y buenas proporciones, tanto en caderas y cintura, como en el busto.

Ambos caminaron largo rato en silencio. Zerion movía el cuello de lado a lado, de cuando en cuando. Se le notaba cansado. Su madre, por otro lado, bostezaba frecuentemente. Acababan de salir de una reunión con algunos representantes del Consejo y otros clanes, templos y monasterios (entre otras organizaciones) que, como los Reiden, se habían anexionado recientemente a la alianza. Había sido una larga charla sobre el funcionamiento y organización de todo lo relacionado con el Pacto de Acero. Largas horas de temas administrativos, aburridos y la mayoría obvios.

-Un minuto más y habrían oído un ronquido Reiden –Minerva rompió el silencio cuando se hubieron alejado lo suficiente de todos los demás. Su hijo soltó una risa cansada y luego volvió a permanecer callado. Ella respetó su silencio un rato más, comprendiendo que significaba más que simple cansancio-. Volveré a casa, es tarde y mañana espera un día largo. Tenemos que transmitir toda esta información al clan –acaso su madre insinuaba que él no la acompañaría. Zerion no le dio importancia y siguió acompañándola en silencio.

Llegaron al fin a una urbanización de casas de una única planta, todas ellas de piedra y separadas unas de otras. Las calles no estaban asfaltadas y muchas estaban parcialmente cubiertas de escombros. La mayoría de los edificios estaban restaurados o reconstruidos. Una muralla de piedra rodeaba todas las construcciones y calles. En el portón se podía ver un cartel “Clan Reiden”. La villa le había otorgado aquel sitio, uno de tantos abandonados tras la guerra. Estaba en ruinas cuando se lo dieron, pero con trabajo y esfuerzo la reconstruían. Como resultado, estaba quedando una urbanización modesta, austera y rudimentaria. Pero su gente la llenaba de alegría, risas y bullicio.

Ahora, en mitad de la noche, el lugar dormía. Minerva se despidió de su hijo con un beso en la mejilla. Zerion levantó la mano a modo de despedida. No había pensado en qué iba a hacer, pero algo lo llamaba a pasear. Deseaba llegar a su cama y dormir, pero no cruzó el portón de la urbanización.

Siguió caminando. Se miró las manos, en busca de un brillo dorado que dejó atrás hacía ya muchos años. Volvió la vista arriba y se vio caminando por una explanada casi en ruinas donde la naturaleza se había abierto paso entre los escombros. Cruzó un puente sobre un canal de agua verdosa. Subió un muro que apareció frente a él. Siguió y siguió sin rumbo, sin pensar, sin ser consciente de dónde se dirigía. Hasta que la puerta de la villa apareció ante él. Aquella misma puerta que el Haganekage resucitado destruyó. Allí donde ellos se enfrentaron a los gigantes, al Haganekage. Allí donde comenzó el fin, donde Zerion comenzó a comprender que se debía ir…

Y como sacada de sus recuerdos, allí estaba. Tan hermosa como siempre. Su pelo, ahora más corto, pero de ese azul brillante. Estaba sentada con las manos en las rodillas. No llevaba su katana corta. Pero Zerion lo sabía: era ella.

Era una hermosa y cruel ilusión, producto de su mente. Una alucinación creada por un corazón dolido que había sucumbido a la desesperanza tras tanto tiempo buscándola sin éxito. Era una imagen tan real y tan hermosa que se planteó no ir tras ella, pues un dolor punzante le atenazaba el corazón.

Miró hacia abajo y vio sus pies compitiendo por adelantarse el uno al otro. Estaba casi corriendo tras ella. Se obligó a frenar, pero solo consiguió aminorar el ritmo. Tenía que asimilar que no se había rendido, que por mucho que supiese que no la volvería a ver siempre la buscaría.

Ahora que lo sabía, que lo había aceptado, parecía que sus pies le respondían. Podía volver a controlarlos y, con menos ansia, volvió a caminar, sigiloso, tras la ilusión. La acechaba como temeroso de que se evaporara con un soplo. Tan sigiloso como una sombra moviéndose bajo la luz de la Luna.

Tan sigiloso que consiguió plantarse a su lado antes de que se esfumara…

Sorprendido, aún sin creerlo del todo, rodeó su figura. El rostro, ahora de mujer, se mostraba sereno. Sus ojos avellanados, los podía ver, aunque estaban cerrados. Sus labios rojos y carnosos, que tanto tendían a mostrar una fina línea en el rostro seco y frío, ahora lucían con normalidad en su rostro, curvo en la parte inferior, y como un pellizco el superior en el surco nasal. ¿Era una ilusión? La luz de la Luna mostraba sombras sobre ella, tan reales. Y la olía… Ese aroma… Lirios.

Era ella. Es ella. Lo supo. Lo supo de verdad.
Su corazón podría haberse desbordado, pero no lo hizo. Podría haber roto en llanto, pero no lo hizo. Sonrió. Le puso una mano en el brazo tranquilo, para no asustarla. Suave, como quien acaricia a un ser querido que duerme plácidamente y no quiere despertarlo. La acarició con tanta dulzura y amor que su sonrisa brillaba como la Luna y sus ojos como el Sol. Y como agua de verano, unas lágrimas recorrieron su moreno y ahora más maduro rostro, hasta llegar a la barbilla y caer al suelo, oscureciendo un pequeño círculo de la tierra bajo sus pies.

-He vuelto –y sus palabras guardaban un claro “para quedarme”.
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Mensaje #4 por Khairath » Mar Sep 11, 2018 1:07 pm

Estaba de nuevo en el aire, viendo esos ojos llenos de chispas que tanto le intrigaban, viendo cómo iban perdiendo su electricidad para volver a su color original, ese color que la cautivaba. Estaba de nuevo sintiendo cómo su mano le rozaba el brazo y bordeaba su cintura para abrazarla. Estaba de nuevo acercándose peligrosamente a ella. Estaba de nuevo a punto de...

-He vuelto.

Abrí los ojos de golpe.

No puede ser...

Mis recuerdos me estaban jugando otra mala pasada, una broma pesada de mal gusto. Pues ante mí estaba él como había estado hace unos minutos. Pero no es el mismo de mis recuerdos. Es más maduro, ha cambiado. Cómo puede cambiar un recuerdo. El pecho me oprime de dolor. Cómo un recuerdo puede doler tanto. Cómo un recuerdo puede ser tan real que parece que me esté acariciando el...

Y entonces una lágrima nace en el rostro de Zerion y muere precipitándose al vacío. Y entonces es cuando nota la calidez de su mano en el brazo. Entonces se da cuenta... de que no es un recuerdo. De que es él. Está vivo. Y está allí, con ella. Diciendole con esa mirada que no va a volver a irse.
Un torrente de ensecia ambarina brota del corazón de Ayame rompiendo todos los muros que pudiera tener eregidos, buscando con ansia la esencia azul de ella. Todos los vellos se le erizan al paso de esa esencia poderosa por todo su cuerto. Su pelo empieza a crecer sin que ella lo quiera, llegando incluso a rozar el suelo. Parpadea un par de veces, aún incrédula, pero mirándolo fijamente mientras sus pupilas se contraen, pues lo que está viendo es demasiado brillante y hermoso. Es él. Es Zerion. Y es entonces cuando el torrente de emociones llega a sus ojos, desbordándose.

Todo pasa muy deprisa, pero a la vez eternamente lento. Es en ese momento cuando ella se apoya en las rodillas y se acerca a él, acariciándole suavemente para rodearlo con los brazos, sintiendo su espalda en la palma de las manos, viendole el pelo flotar de nuevo con la brisa, viendo sus ojos de ámbar tan de cerca... y sintiendo, una vez más, sus labios reencontrándose al igual que sus esencias.
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Mensaje #5 por Lergand » Lun Abr 01, 2019 11:52 am

El rostro de su antigua y recién reencontrada compañera cambió a una mueca de incredulidad. Se sintió muy identificado con su reacción, acababa de pasar lo mismo por su cabeza apenas un minuto antes.

Inesperadamente, la imperturbable Ayame se incorporó ligeramente, apoyando sus rodillas y acercándose a Zerion. Notó su brazo rozando su ropa, deslizándose hasta rodearlo. Vio cómo le brillaban los ojos cada vez más cerca, más verdes, más felinos. Le pareció ver que su pelo crecía, pero no pudo comprobarlo porque en un segundo estaban sumidos en un tierno beso.

Sorprendido porque Ayame tomara la iniciativa, tardó en corresponderle. Los primeros momentos fueron torpes, pero pronto se dejó llevar por el cálido abrazo. La rodeó también con sus brazos, tomándola por la cintura y pegándola hacia sí. No supo si había sido con demasiada fuerza, o si su compañera se había dejado llevar, pero acabaron tumbados uno encima del otro. Los pelos azules de Ayame rodearon la cabeza de Zerion, ahora apoyada en el suelo. Se fundieron en un gesto de amor del que solo fue testigo la Luna.

No quería que aquello acabase, pero sabía que no podía seguir más allá sin darle una explicación, sin pedirle perdón…

Se separaron despacio, recuperando el aliento. Zerion se incorporó y se quedó sentado frente a ella. Le colocó de nuevo el pelo y esta vez sí pudo confirmar que su amiga había hecho crecer su pelo. Estaba hermosa. Había crecido, madurado, se había hecho una mujer y era bella como la más dulce flor. La tenue luz de la Luna le iluminaba el rostro y le daba un aspecto etéreo. Si no fuera por aquel beso tan real, pensaría que seguía soñando.

Cuando su respiración volvió a la normalidad tomó aire para hablar pero, como si hubiera retrocedido años atrás, solo consiguió un balbuceo. Volvía a ser un niño inseguro. Volvió a intentarlo, serenándose un tanto.

-Te debo una explicación –comenzó-. Lo primero…lo siento. Sé que fue muy repentino, pero después de la guerra sentí que debía asumir mi responsabilidad –hizo una pausa y desvió ligeramente la mirada, como avergonzado-, me llevara a donde me llevara. Para mi sorpresa, me recibieron con los brazos abiertos en el Clan. Mi madre era la Líder. Creí que me someterían a juicio por desertor. Los Reiden no tienen desertores, ¿sabes? –sus ojos buscaban los de ellas, como intentando por todos los medios hacerla comprender- No hay desertores porque cuando alguien se va, el Líder lo busca y lo somete a una técnica secreta del Clan. Esas personas nunca vuelven a ser las mismas, ni vuelven a traicionar al Clan…
>>Podrías creer que es algo horrible. Era algo que temía. Pensaba que sería algo horrible, pero es hermoso, Ayame –los ojos de Zerion se iluminaron-. Nuestros antepasados nos esperan en esa técnica. Están en nosotros –se llevó la mano al pecho, señalando-, los llevamos todos como en una red invisible que los mantiene con vida aquí –se dio cuenta de que estaba dando mucha información sin dejar que la digiriera. De modo que agitó la cabeza suavemente, restándole importancia-. Te lo explicaré más adelante. Ahora lo que debes saber es que estoy aquí, que no me iré. Ahora soy el líder de los Reiden. Mi primera decisión importante fue traer aquí al Clan. Ahora servimos a la Alianza. Mi gente está muy agradecida a la gente de Occidente por cuidarme estos años –la cogió de los hombros suavemente, emocionado-. Volvemos a estar juntos. Siento haber tardado, tenía mucho que resolver y que aprender para ser un buen líder.
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