Nací en Turquía. Mi madre tuvo un parto difícil. Nací en muy malas condiciones y tuvieron que ponerme puntos por todo el costado, pero sobreviví.
Cuando tuve, por fin, capacidad de razonar, mi vida alcanzó su momento más crítico. Tuve que mudarme de mi hogar de origen en contra de mi voluntad.
Me encerraron en una horrible celda, con las paredes de color gris, junto a uno de mis prójimos. Estábamos a oscuras, sin ningún tipo de luz, excepto la que entraba por una pequeña ventana en la pared, pero era tan diminuta que no nos servía nada. Ni siquiera valía la pena mirar a través de ella.
Además, la habitación estaba llena de polvo y suciedad, tanto como para provocarme tos. Lo odiaba. Con todas mis fuerzas. En ese momento pensaba que las cosas no podían ir peor. No sabía cuán equivocado estaba.
Mi compañero se acercó a mí. -Te conozco-dijo. Tus padres y los míos nos tuvieron el mismo día-añadió.
Ya lo sabía. Le conocía de vista, pero nunca había hablado con él. Siempre había pensado que era muy parecido a mí, lo cuál me mantenía en cierto modo, alejado de su compañía. Pero ahora estábamos juntos, quisiéramos o no.
Estuvimos nueve días encerrados allí, sin nada que hacer. Sólo podíamos hablar y dormir. Cuando nos conocimos a fondo, me dí cuenta de que éramos prácticamente iguales, con pequeños matices. Lo llegué a considerar mi hermano...Pero ese mismo día, nos sacaron de la celda, para trasladarnos a una nueva.
Al contrario que la anterior, esta era más limpia y podíamos ver. Aún así, la seguridad era altísima. Nos sentíamos observados e impotentes cada segundo. Cada día veíamos pasar a gente de todo tipo: Feos, guapos, altos, bajos, raros, grandes, pequeños, delgados, gordos...
Algunos nos miraban con asco, otros con desprecio. Otros se interesaban en nosotros, incluso a veces intentaban rescatarnos, pero siempre eran reducidos rápidamente, justo en la salida de aquel horrible lugar, mientras se escuchaba un horrible y cruel sonido.
Mucho tiempo después, suficiente como para perder la cuenta, pasó algo que me hizo perder toda esperanza. Uno de nuestros carceleros se acercó a nosotros y se nos quedó mirando, con malicia. Nunca olvidaré su cabello, negro carbón, ni sus manos, con dedos gordos y rechonchos. Pero sobretodo, nunca olvidaré su sonrisa, llena de odio y crueldad.
Nos miró a los dos detenidamente, por todo el cuerpo, de arriba a abajo, hasta el más mínimo detalle. No se que pensó mi compañero en ese momento, pero yo me sentía muy sucio.
El carcelero tomó su decisión. Cogió a mi compañero por el cuello y lo sacó de allí. Nunca supe a donde se lo llevó, ni le volví a ver.
Siempre quise ir a rescatarlo, pero no pude hacerlo.
No pude rescatarlo.
Porque no puedo moverme.
Porque soy un zapato.